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Misterios en el Vaticano
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Misterios en el Vaticano
por Enrique de Vicente
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Una
vieja sospecha
Para quien ha seguido las informaciones publicadas sobre este tema, aparentemente,
la noticia sólo tenía de sorprendente el hecho de que estos
familiares del Pontífice venían a sumarse al coro multitudinario
que reclama se arroje luz sobre las confusas circunstancias en que se produjo
el inesperado fallecimiento. |
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| Apenas
transcurrido un mes desde la muerte, la prensa española anuncia la
inminente presentación en Roma de Han asesinado al Papa (Operación
Paloma), una novela en la que los periodistas Jesús Ramón
Pena y Mario Eduardo Zottola sostienen que la muerte del Papa Lucíani
«obedeció a un movimiento puramente económico»,
debido a que «el imperio financiero del Vaticano es uno de los más
poderosos del mundo» y «existen poderosos motivos para intentar
eliminar al máximo dirigente de esta fortuna». Sin embargo,
a comienzos de aquel mismo mes, los tradicionalistas romanos seguidores
del arzobispo Lefébvre ya avanzaron la posibilidad de que Juan Pablo
I hubiese sido asesinado por los masones infiltrados en las altas esferas
vaticanas, a las que culpabilizaban de impulsar las tendencias reformistas
postconciliares en la Iglesia, a las que supuestamente se opondría
el Papa.
La Sotana Roja
Ciertas revistas de
extrema derecha habían acusado de estar afiliados a la masonería
al secretario de Estado de la Santa Sede, cardenal Villot, al presidente
de la Congregación de Obispos, cardenal Baggio, al banquero del
Vaticano, arzobispo Marcinkus y a otros prelados. En 1980, Bruce Marshali
fantasea con el tema en su novela ¿Un asesino para Juan Pablo /?,
en la que el Papa Lucíani es envenenado por la ficticia sociedad
de Los Nuevos Apóstoles, cuyos doce miembros se oponen a los cambios
propulsados por el Concilio Vaticano II y apoyan como pontífice
al cardenal Siri. Tres años después en La verdadera muerte
de Juan Pablo I, Jean- Jacques Thierry plantea la hipótesis de
que Villot sustituyó a Pablo VI por un sosías y planeó
la muerte de su sucesor cuando éste descubrió la infiltración
masónica en las esferas vaticanas, insólita teoría
la del doble que aún hoy sostienen no pocos ultraconservadores.
De forma más seria y mejor documentada, Roger Peyrefitte, buen
conocedor de los entresijos de la Masonería y del Vaticano, sostiene
en La Sotana Roja la tesis de un complot tramado por algunos prelados
que mantenían estrechas relaciones con mafiosos, financieros y
dirigentes de la logia P-2, encubriendo bajo pseudónimos muy evidentes
a personajes que a esas alturas eran ya bien conocidos. Y describe al
Papa como un reformista liberal empeñado en erradicar la corrupción
de la cúpula eclesial, presentando a Villot y a Marcinkus como
instigadores del crimen, llevado a cabo por un asesino profesional con
una jeringuilla envenenada, a fin de evitar su inminente destitución.
Ese mismo año, los fabricantes de best- séller G. Thomas
y M. Morgan-Whitts publican Pontífice, una documentadísima
investigación sobre las vidas de los tres últimos papas
y las críticas circunstancias en que se desarrollan sus pontificados,
en la que sugieren que la hipótesis del asesinato fue un rumor
hábilmente promovido por el KGB soviético para desacreditar
al Vaticano en unos momentos de gran tensión en sus relaciones
con la URSS.
El Encubrimiento
En nombre de Dios
La tesis de una conspiración urdida para asesinar a Lucíani
con digitalina, a fin de impedir los cambios planteados por el Papa para
acabar con la corrupción, es defendida en 1984 por David Yallop
en su obra En nombre de Díos, resultado de tres años de
intensas investigaciones en las que contó con la colaboración
clandestina de algunos miembros de la curia vaticana. Yallop demuestra
que el Vaticano encubrió las circunstancias en que se produjo el
fallecimiento y proporciona indicios suficientes para considerar necesaria
la apertura de una investigación oficial. Su libro provocó
un verdadero escándalo. La situación era realmente grave.
Hasta el punto de llevar a un esoterista ultraconservador como Jean Parvulesco
a aceptar la posibilidad de que Juan Pablo I fuese ejecutado para evitar
que condujese a la Iglesia a una desviación teológico, progresista
y tercermundista (se refiere al «sueño revolucionario y anarquista»
que Yallop atribuye al Papa Lucíani), y a sostener a un tiempo
que -aprovechando estas circunstancias- Yallop y «sus comandatarios
sin rostro» pretenden presentar al Vaticano convertido en «la
mayor potencia criminal del mundo».
El Presidente de la Comisión Pontificia para las Comunicaciones
Sociales reaccionó al libro de Yallop remitiendo a las Nunciaturas
Apostólicas y a algunas Conferencias Episcopales unos folios, elaborados
por monseñor Nicolini, en los que se rebatía la hipótesis
de que «el llorado» Juan Pablo I pretendiese «revolucionar»
la jerarquía vaticana, explicando que «imaginar un ambiente
propicio a conjuras es imposible para quien vive en la realidad cotidiana
del Vaticano», añadiendo que «la salud del Papa era
más bien enfermiza» y dejando claro que carece de importancia
quién descubrió el cadáver del Pontífice.
Pese a todo, una encuesta publicada en 1987 demostraba que el 30 por ciento
de los italianos estaban convencidos de que el Papa de la sonrisa murió
asesinado. Un ladrón en la noche Conscientes de la necesidad de
argumentos más contundentes, las autoridades vaticanas animaron
a realizar una investigación imparcial sobre el asunto al periodista
John Cornwell. Le dieron unas facilidades sin precedentes que le permitieron
entrevistarse con los más importantes protagonistas de la historia
que aún seguían vivos, sin imponerle condición alguna;
todo ello -aclara- con la esperanza de que saldrían a la luz pruebas
concluyentes de la falsedad de todas las teorías conspiratorias
que durante te más de una década han sido causa de malestar
para la Iglesia Católica Romana. En Como un ladrón en la
noche, nos explica que, las pruebas comenzaron a llevarme a una conclusión
que me parece más vergonzosa y más trágica que cualquiera
de las conspiraciones propuestas hasta el presente: Le despreciaban por
su torpe forma de andar, su aspecto desganado, sus inocentes discursos,
su lenguaje sencillo e imitaban el silbante tono de su voz. Se referían
a él en tono condescendiente, con diminutivos. Había interminables
historias sobre su comportamiento y sus meteduras de pata... Se dejó
morir por no sentirse capacitado para ser Papa... Murió solo, en
el centro de la comunidad cristiana más grande del mundo, por negligencia
y por falta de amor, ridiculizado y menospreciado por la institución
que existía para mantenerle... Lo peor es que el propio Cornwell
le presenta a veces como alguien poco menos que delirante y estima que
«su mansedumbre, su desconfianza, sus preocupaciones por los temas
puramente pastorales y piadosos, no se acoplaban bien a una Iglesia que
se enfrentaba a los desafíos mundanales de los ochenta y los noventa».
En similar sintonía, la de aceptar el mal menor, el historiador
Ricardo de la Cierva asume en El diario secreto de Juan Pablo I que existió
una trama económica, amenazas de muerte, una conspiración
para acabar con el Papa, un masón convertido que le facilita la
lista de sus colegas infiltrados en la cúspide eclesiástica
y le avisa que van a atacarle esa misma semana... pero, finalmente, muere
por causa natural, antes de que intenten asesinarle. Puesto que se trata
de una no- vela histórica, no hay forma de discernir en ella lo
cierto de lo ficticio. Este libro, como el anterior, pretende tranquilizar
no pocas conciencias atormentadas por la posibilidad de semejante crimen,
al tiempo que incrementa la confusión en torno al tema. ¡Que
se haga justicia! Y en estas circunstancias se encontraba la polémica
cuando, a comienzos de 1991, las declaraciones de los familiares de Juan
Pablo I vinieron a añadir leña a la caldera de las sospechas.
Como si Dios, o el demonio, se empeñase en que los trapos sucios
del Vaticano siguieran siendo noticia, o bien en crear confusión
en torno al tema que nos ocupa, una semana después la prensa anunciaba
la próxima aparición de un libro explosivo.
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La Muerte del Papa
El jesuita norteamericano
Robert Graham, expone en el mismo los resultados de su amplia investigación
sobre las tramas de espionaje -propias y ajenas- que se han tejido en
torno a los secretos del Vaticano, y en las que han participado no pocos
religiosos. Lo que más me llamó la atención del asunto
era que pocas semanas antes, a mediados de diciembre de 1990, una pequeña
editorial había comenzado a distribuir el primer libro -que yo
sepa- en el que un sacerdote sustenta la tesis del asesinato: Se pedirá
cuenta.
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En opinión
de su autor, el español Jesús López Sáez,
licenciado en teología, filosofía y psicología, era
necesario este libro, ya que el de Cornwell no sólo «no contentó
al Vaticano sino que supera incluso la distorsión que ya se había
hecho de la imagen de Albino Lucíani, y es necesario hacerle justicia».
«El problema de la muerte de Juan Pablo I está ahí
-explica- y se puede resolver, no encubriendo ni reprimiendo el asunto,
sino tratando de corazón comprenderlo. Abundan los indicios que
justificarían una investigación en cualquier Estado de Derecho.
Con ello no se ataca a la Iglesia; al contrario, se la defiende.
La clave evangélica
es la purificación del templo, que es casa de oración y
no debe convertirse en un mercado ni en cueva de bandidos. Evidentemente,
lo que está en juego es muy grave: ¿Dónde ha habido
más negocios? ¿En el mercado vaticano o en el viejo templo
denunciado por Jesús? ¿No son demasiadas las muertes que
han acompañado esos negocios? ¿Se ha hurtado a la Iglesia
y al mundo la causa de la muerte de Juan Pablo I?... Si no se responde
adecuadamente a estos interrogantes, la nueva evangelización quedará
desacreditada como vieja comedia, desgraciada y estéril. Como dice
el Señor en el Evangelio de Lucas: Se pedirá cuenta».
Han matado a mi padre Ha hecho caso omiso a las prudentes recomendaciones
de que no publicase su libro, consciente de que un artículo sobre
el mismo tema, publicado en la revista religiosa Vida Nueva, le costó
el cese como responsable de catequesis de adultos en el Secretariado Nacional.
Casualmente, aquel articulo salió a la calle el 4 de octubre de
1984, aniversario del entierro del Papa, día en que -casualmente-
en todas las iglesias del mundo se leía un salmo que en la Comunidad
cristiana de la que ahora es responsable tenían especialmente asociado
a la muerte de Juan Pablo I: «Han entrega- do el cadáver
de tus siervos por comida a los pájaros del cielo, la carne de
tus amigos a las bestias de la tierra... Que se conozca entre las gentes».
Hablando con él, resulta evidente que profesa una admiración
y un amor especial por la figura de Juan Pablo I. Cuando en la Comisión
Episcopal le explicaron que, aunque fuera verdad, no debería decirse,
añadiendo que, es como si tu padre fuera un criminal, debe quedar
en familia, él replicó: «ese no es el caso; el caso
es que han matado a mi padre y no tengo por qué callarlo».
Casualmente, el padre
de Jesús López nació el mismo día que el Papa
Lucíani: el 17 de octubre de 1912... Si de algo se le puede acusar
es de exceso de amor y de celo, y no parecen ser estos motivos suficientes
para que la jerarquía pueda condenar su atrevimiento, sino -por
el contrario- para disculpar sus posibles excesos. Según nos explica,
Jesús López visitó, en 1989, a Pía, la sobrina
de Lucíani que junto a su padre Eduardo ha protagonizado las recientes
declaraciones, y a la esposa de éste último, Antonia, quien
acabó confesándole: No sabemos de qué murió,
y a veces tenemos pensamientos extraños. Les entregó entonces
copia de un borrador de su libro, y en diciembre de 1990, les envió
el libro impreso. Resulta curioso que, tras doce años de silencio,
precisamente ahora se animen a expresar sus dudas, aunque sea tímidamente.
¿Puede haber sido este sacerdote español el catalizador
de esa reacción? Aunque así no fuese, hay demasiada sincronicidad
entre ambos hechos como para ignorar que resultan significativos.
Pero veamos cuáles son los hechos en que se fundamenta la polémica.
¿Por qué no se hizo la autopsia? El 29 de septiembre de
1978, el Vaticano comunicaba oficialmente que, hacia las 5.30 de esa mañana,
«el secretario particular del Papa, no habiéndole encontrado
en la capilla, como de costumbre, le ha encontrado muerto en la cama,
con la luz encendida, como si aún leyera. El médico, Dr.
R. Buzonetti, que acudió inmediatamente, ha constatado su muerte,
acaecida probablemente hacia las 23 horas del día anterior a causa
de un infarto agudo de miocardio». Las evidencias acumuladas posteriormente
demostraron que fue la hermana Vincenza quien descubrió el cadáver,
al entrar en la habitación del Pontífice, desconcertada
porque no obtuvo respuesta a sus insistentes llamadas. Según varios
testigos, estaba sentado en la cama, con la luz encendida, las gafas puestas
y unos papeles entre las manos. La monja corrió entonces a despertar
al secretario John Magee, quien constató la muerte y llamó
al cardenal Villot. Acompañado por el médico, éste
último examinó el cadáver y llamó a los embalsamadores.
El problema es que las declaraciones que éstos hicieron posteriormente
no coinciden con las realizadas por otros testigos. Dada la temperatura
tibia que aún mantenía el cuerpo y que fue también
comprobada por sor Vincenza y por el secretario Lorenzi, los embalsamadores
estiman que el fallecimiento debió producirse entre las 4 y las
5, y no a las 11, conclusión que les fue confirmada por monseñor
Noé. Pese a las protestas de algunos eclesiásticos, el cardenal
Oddi declaró que el Sacro Colegio Cardenalicio ni siquiera iba
a considerar la posibilidad de abrir investigación alguna sobre
la muerte, ni aceptaría el menor control por parte de nadie. Pero
luego se supo que los cardenales pidieron conocer las circunstancias precisas
en que aquella se produjo, ante los interrogantes que se planteaba la
opinión pública, la ausencia de un boletín médico
y la negativa de la Santa Sede a realizar la autopsia del cadáver
que eliminase cualquier duda. El problema es que, sin autopsia, resulta
clínicamente imposible determinar que un deceso se produjo por
infarto de miocardio agudo e instantáneo y que el cuadro típico
del mismo no se corresponde con la disposición en la que se afirmó
haber encontrado el cadáver, ya que todo parecía indicar
que no hubo lucha con la muerte. Por otra parte, el sobrio estilo de vida
del Papa y su tensión baja tampoco hacían sospechar semejante
desenlace, ni tampoco se corresponden con una hemorragia cerebral o una
embolia pulmonar, las otras posibilidades que han citado fuentes vaticanas.
Para colmo, los médicos Buzonetti y Fontana, que firmaron el certificado
de defunción, reconocieron no haber prestado nunca sus servicios
médicos a Lucíani, por lo que no sabían nada sobre
el estado de su salud ni sobre las medicinas que tomaba; tampoco se molestaron
en preguntar a quienes podían saberlo. Su muerte fue tan inesperada
que el Dr. Da Ros, médico personal de Juan Pablo I, a quien había
encontrado el día anterior con muy buena salud, no se lo podía
creer. Una losa de silencio La Secretaría de Estado impuso un voto
de silencio a sor Vincenza, para impedirle que contase lo que había
visto, aunque finalmente lo rompió, ya que -en su opinión-
«el mundo debe conocer la verdad» sobre la muerte de este
Papa, al que ella admiraba profundamente. Como nos explica el padre López
Sáez, «parece que el Vaticano no quiere saber de qué
murió el Papa, o no quiere que se sepa, y su versión oficial
ha falseado la situación, dándose la ocultación y
aún la represión de toda investigación sobre este
enigma». Según uno de los especialistas a los que ha pedido
estudiase las circunstancias en que se produjo la muerte, el Dr. Cabrera,
«ésta podría responder mejor a una muerte provocada
por sustancia depresora y acaecida en profundo sueño». Por
otra parte, el tono rosáceo que aún tenía su rostro
a mediodía del 29 «aparece en algunas intoxicaciones, por
ejemplo, de monóxido de carbono y de cianuro». Llama la atención
-continúa el sacerdote español- la prisa de Villot por embalsamar
el cadáver», procedimiento habitual cuando muere un Papa.
Y ello pese a que, en cualquier Estado de Derecho, sólo se puede
proceder al embalsamamiento cuando han transcurrido 24 horas desde el
fallecimiento, como ocurrió tras la muerte de Pablo VI. Contrariamente
a lo que se ha dicho, las normas de la Santa Sede ni prohíben ni
ordenan la autopsia de los pontífices, y mediante ésta -que
Villot descartó obstinadamente- podría haberse determinado
si hubo infarto agudo o detectado veneno de metales pesados, pero ésta
quedaría seriamente dificultada tras el embalsamamiento. Aún
en 1989 los habitantes del pueblo natal de Lucíani constituyeron
un comité para pedir que se hiciese la autopsia que pese a los
años transcurridos aún podría despejar algunas dudas.
Sin embargo, pese a que se ha dicho que el cadáver fue embalsamado
sin extraerle la sangre ni las vísceras, Lorenzi asegura que los
embalsamadores «retiraron partes del cuerpo, posiblemente las vísceras».
En tal caso, pudo realizarse algún tipo de autopsia. Si así
fue, ¿por qué no se ha dicho? El padre Gennari, asegura
que tal autopsia se hizo, confirmando que las preocupaciones y el estrés
llevaron al Papa a tomar inadvertidamente un vasodilatador, contraindicado
para su tensión baja. Pero, en tal caso, teniendo en cuenta que
Lucíani era muy cuidadoso con sus medicamentos y que estos eran
controlados por la enfermera sor Vincenza, cabe la posibilidad de un cambio
criminal de las medicinas. En cuanto a la lectura que tenía entre
sus manos cuando falleció, han circulado diversas versiones, sin
que el Vaticano haya concretado de qué se trataba, incomprensiblemente.
Según Germano Pattaro, consejero teológico del Pontífice,
«eran unas notas sobre la conversación de dos horas que el
Papa habla mantenido la tarde anterior con el Secretario de Estado Villot».
Para entender los motivos por los que alguien podría estar interesado
en acabar con la vida de Juan Pablo I, es necesario recordar brevemente
toda una serie de turbias maniobras que salieron a la luz años
después, que afectaban directamente a las finanzas vaticanas y
que Lucíani alcanzó a conocer parcialmente.
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El Complot
El Banco Vaticano
lava más blanco Según se desprende de las investigaciones
realizadas por Yallop, Gurwin, Sisti, Modolo, Di Fonzo, Piazzesi, Bonsanti,
Doménech y Rupert Cornweil, la mafia italonorteamericana utilizó
las instituciones financieras del Vaticano para blanquear dinero sucio
procedente del tráfico de drogas y otras actividades delictivas.
Semejante operación fue concebida por Michelle Sindona, que comienza
su carrera reciclando la fortuna de los Gambino, conocidos hampones neoyorquinos,
a través de un holding. Lentamente, va forjando un verdadero imperio
financiero de dimensiones internacionales. Tras entregar al cardenal Montini,
el dinero necesario para la construcción de un asilo, y que realmente
fue donado por la CIA y la Mafia, se convierte en su amigo y consejero
financiero. Por mediación de quien años después se
convertiría en el Papa Pablo VI, conoce a Massimo Spada, director
del Banco Vaticano. A través del Continental Bank of Illinois,
la cuarta, parte de cuyas acciones han sido adquiridas por Sindona, se
canalizarán cuantiosas inversiones vaticanas a lo largo del continente
americano. Sindona traba una estrecha amistad con Licio Gelli, un poderoso
empresario textil que ha combatido contra la República durante
la guerra civil española, alistándose luego en las SS nazis
y trabajando finalmente como agente del KGB soviético para salvar
el pellejo, actividad a la que pronto viene a sumarse la de agente de
la CIA, al tiempo que se enriquece ayudando en su huida a Sudamérica
a numerosos nazis como el famoso Klaus Barbie. Acusado de haber torturado
a partisanos, viaja a Argentina, donde entable amistad con el presidente
Perón que le convierte en el primer agraciado con la doble nacionalidad
italoargentina y le nombra consejero de su país en Italia. Teje
toda una red de contactos en Iberoamérica, similar a la que elabora
en Italia entre empresarios, políticos y militares. A partir de
1966, anima a muchos de estos a ingresar en la agrupación P-2,
a través de la cual Gamberini, Gran Maestre del Gran Oriente de
Italia, pretende contar con un grupo de personajes eminentes que fuesen
favorables y útiles a la Masonería, pero que pronto escapa
a su control. El poder de convicción y la creciente influencia
de Gelli -convertido ya en Gran Maestre de la Logia P-2- llevan a muchos
a ingresar en ella convencidos de que les resultará de gran ayuda
en sus carreras. Gelli se dedica a acumular secretos que le permiten incrementar
su poder y chantajear a otros para que se integren en su logia, convirtiéndose
así en el epicentro donde confluyen las más confidenciales
informaciones del país, gracias a las cuales manipula las más
diversas instancias. Las amistades argentinas de Gelli Para centralizar
sus actividades en Iberoamérica, Gelli compra una mansión
en Montevideo, jactándose de ser amigo de poderosos hombres de
negocios y de dirigentes derechistas de todo el continente. Contribuye
al retorno de Perón, en 1973 asiste como invitado de honor a la
inauguración de su presidencia y Andreotti comenta, asombrado,
el respeto reverencial que el general le profesaba, asegurando que vio
cómo Perón se arrodillaba ante Gelli. Su influencia en Argentina
estuvo asegurada sucesivamente por el ministro-ocultista López
Rega, y - tras el golpe militar- por el General Suárez Masón
y por el Almirante Massera, ligados a los escuadrones de la muerte y miembros
de la P-2. Junto a ellos, Gelli hace suculentos negocios, comprando principalmente
petróleo y armas. Gelli y Sindona se introducen en las más
altas esferas vaticanas de la mano de Umberto Ortolani, abogado y Gentilhombre
de Su Santidad, que se convertirá en el lugarteniente de Gelli
dentro de la P-2, conociendo así a monseñor Paul Marcinkus.
Hijo de lituanos y criado en Chicago, en 1963 éste se había
convertido en el corpulento guardaespaldas e intérprete predilecto
de Pablo VI, salvando su vida en Manila y ganándose su plena confianza.
Cuando es encargado de dirigir el Instituto para las Obras de Religión
(IQR), aparato financiero del Vaticano, el obispo Marcinkus utiliza los
consejos y la red bancaria internacional de Sindona para invertir buena
parte de la fortuna del Vaticano, al tiempo que Sindona utiliza la estructura
bancaria de la Santa Sede para evadir impuestos y blanquear el dinero
de la Mafia y Gelli garantiza la cobertura política de las operaciones.
Los escándalos financieros En 1973 Sindona se ha convertido en
el banquero más importante del país. El primer ministro
le saluda como el salvador de la lira y el embajador norteamericano le
califica el hombre del año. Pero la crisis del petróleo,
sus operaciones especulativas y los rumores sobre sus relaciones con la
Mafia contribuyen a que su imperio se derrumbe en menos de un año.
Sindona huye a Estados Unidos y el Vaticano pierde una cifra considerable
en la operación, hecho desmentido por Marcinkus, quien niega conocer
a Sindona. Roberto Calvi, que conoció a Pablo VI cuando era arzobispo
de Milán, trabó relación con Sindona -probablemente
por intermedio de Spada y Marcinkus- cuando era subdirector general del
Banco Ambrosiano. Había razones sobradas para este encuentro: el
IOR era propietario de buena parte de las acciones del Ambrosiano y de
la mitad del Finanbank, uno de los bancos suizos de Sindona. Gracias a
estos apoyos en 1971 Calvi se convierte en presidente del banco y no tardará
en ser tesorero de la P-2. Tras el crack Sindona, el IOR encarga a Calvi
de sus inversiones en el extranjero, prestando su nombre para que éste
compre la mitad de las acciones de la Banca Mercantile florentina y Marcinkus
forma parte de la directiva de la sucursal en Bahamas del Ambrosiano.
Gelli viaja a Nueva York, donde Sindona había sido detenido acusado
de fraude y testifica que su amigo era víctima inocente de una
intriga comunista. Allí, Sindona le presenta a Phil Guarino, director
de la campaña electoral de Reagan, a cuya inauguración presidencial
le invitará.
En 1977 Sindona le re- cuerda que considera propios la mitad de sus negocios.
Dado que éste no cumple su promesa de enviarle dinero, dos meses
después ordena empapelar el centro de Milán con llamativos
carteles que denuncian a Calvi como estafador, defraudador y traficante
de divisas, y finalmente hace llegar al gobernador del Banco de Italia
una carta que acorralará definitivamente a Calvi. En 1979 Sindona
renueva sus ataques contra Calvi y el Banco de Italia inicia una investigación
sobre esta entidad. En nombre del dividendo En medio de tales problemas,
en agosto muere Pablo VI y los cardenales no tardan en elegir sucesor
suyo al patriarca veneciano Albino Lucíani. Este Pontífice
tan popular trae aires decididamente renovadores. Y había demostrado
ya su firmeza ante dos escándalos económicos, uno de ellos
relacionado con la venta de la Banca Católica del Véneto
a Calvi, por parte de Marcinkus en 1972. Tras la operación, este
banco cesó de hacer préstamos a bajo interés con
los que había favorecido a los menos privilegiados. A petición
de sus obispos, Luciani comenzó a investigar, no pudiendo dar crédito
a lo que descubrió sobre Calvi y Sindona. Cuando le comentó
el problema a Benelli, sustituto de la Secretaría de Estado, éste
le explicó que sabía se trataba de una más de las
operaciones financieras urdidas por los banqueros y Marcinkus para evadir
impuestos y especular ilegalmente. Lucíani comentó: ¿Qué
tiene que ver todo esto con la Iglesia de los pobres? En nombre de Díos.
Y Benelli le replicó: «No. En nombre del dividendo».
Así que Juan Pablo I sabe a qué atenerse. Encarga al cardenal
Villot la inspección financiera del IOR. Entretanto, Calvi ha comenzado
a desprenderse de todas sus acciones, cuando se entera de que el Papa
ha decidido reemplazar a Marcinkus e intentar devolver a la Iglesia a
una situación de pobreza evangélica. Se asegura que el 12
de septiembre el Papa tiene en su poder una lista con los nombres de 121
funcionarios del Vaticano que presuntamente pertenecen a la masonería,
entre los que figurarían Villot, Casaroli y Marcinkus. El día
13 llama urgentemente a G. Pattaro como consejero, confesándole
su desconcierto ante las relaciones de enfrentamiento entre los miembros
de la curia. Marcinkus, jurará a Cornweil que ni él ni nadie
del Vaticano es masón, lo que se contradice con muchas investigaciones.
Tras la única audiencia que mantiene con el Papa, comenta a sus
ayudantes: «¡Qué barbaridad! ¡Parece agotado!»
Es peligroso expulsar a los mercaderes del templo Según diversos
testimonios, el Papa se propone sustituir a Villot por Benelli -gran adversario
de Marcinkus- como secretario de Estado, entre otros cambios. En la tarde
del 28 tiene una larga conversación con Villot en la que le comunica
su decisión de realizar importantes cambios y de poner fin a las
relaciones entre el IOF y el Ambrosiano. Esa misma noche, Lucíani
fallece. Alguno de los que estaban informados del nuevo rumbo planeado
por el Papa pudo informar de ello a Calvi o a Gelli. Y alguien que tuviese
acceso a la habitación de Lucíani pudo provocar su muerte.
Se conocen unos cuantos casos de pontífices que murieron envenenados.
Y tenemos además la lista de los atentados con la P-2 y de muertes
relacionadas con la quiebra del Ambrosiano. El padre López Sáez
ha expuesto de forma sumamente clara y sintética las más
destacadas evidencias que le llevan a sostener la tesis de que se trató
de una muerte provocada, y que hasta ahora el Vaticano no ha acertado
a refutar con precisión. Por el contrario, además de que
muchas de las relaciones delictivas del IOR están más que
bien fundamentadas, su entrega de más de 240 millones de dólares
a bancos acreedores de todo el mundo, por sus responsabilidades relacionadas
con la quiebra del Ambrosiano, demuestran los intereses comunes de ambas
entidades. La extraña caída de la logia P-2 En sus recientes
declaraciones, Eduardo Lucíani, hermano del Papa, ha explicado
la extraña forma en que Juan Pablo I se despidió de él,
tres días antes de su muerte: Nunca nos habíamos besado
ni abrazado, pero aquella tarde quiso besarme y me abrazó con fuerza.
Le pregunté si estaba bien y me dijo que sí. Pero yo me
fui con un misterioso presentimiento. Eduardo añadió que
en sus encuentros con el pontífice, nunca se refirió a los
problemas de IOR, pero antes de ser elegido Papa le confesó: «Por
desgracia, hasta los bancos fundados por católicos, que deberían
disponer de gente de confianza, se apoyan en personas que de católicas
no tienen ni el nombre». Procesado por 65 delitos cometidos en Estados
Unidos, Sindona es encarcelado en marzo de 1980, concediéndose
su extradición a Italia donde fue condenado a cadena perpetua por
la muerte del fiscal encargado de investigar la quiebra de sus bancos.
A los dos días de estar encerrado en una cárcel de máxima
seguridad, sufre un extraño ataque descrito como infarto o derrame
cerebral, pero que parece fue producido por cianuro, falleciendo. Ortolani,
acusado de participar en la quiebra fraudulenta del Ambrosiano, permanece
varios años refugiado en Suramérica, antes de regresar a
Italia, donde es procesado.
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Logrando Entender
En marzo de 1981,
la policía italiana intenta detener a Gelli como implicado en la
fuga de Sindona, pero éste ha desaparecido de su villa residencial,
donde encuentran los archivos de la P-2. Entre sus 953 miembros descubren
a muchas de las personalidades más poderosas de Italia, como Andreotti
y otros ex primeros ministros, 3 ministros en activo, 90 jueces, 43 parlamentarios,
líderes de todos los partidos a excepción del comunista,
banqueros, propietarios y directores de diarios, 183 oficiales de los
tres ejércitos, incluido el comandante de las Fuerzas Armadas y
2 directores de los servicios de inteligencia. La estrategia de la tensión
Cuando la prensa la descubre, se inicia una crisis que culmina con la
caída del gobierno de coalición encabezado por Foriani,
muchos de cuyos colaboradores eran miembros de la P-2. Como uno de los
acusadores explicará, la Logia P-2 «combinó política
y negocios con la intención de destruir el ordenamiento constitucional
del país». Se refería a las implicaciones de la P-2
en atentados terroristas que crearon en Italia una estrategia de la tensión
que la predispuso a varias tentativas de golpe de Estado, en las que participó
la Logia, a la par que fomentaba el temor de diversas instancias a que
los comunistas llegasen al poder, dentro de un mare mágnum de extrañas
relaciones que CIA, Mafia y Masonería mantuvieron en Italia desde
la Segunda Guerra Mundial y a las que no fueron ajenas altas personalidades
vaticanas. En julio, la hija de Gelli viaja a Italia sin encubrir su identidad,
siendo detenida en el aeropuerto y encontrándose en un doble fondo
de su equipaje una serie de documentos relativos a la P-2, uno de los
cuales es descrito como un informe secreto de la CIA falsificado que se
refería a intentos de subvertir a Europa occidental y a Italia
en particular. Resulta impensable que, tras haber sido sacados del país,
semejantes documentos se pongan al alcance de la policía, a no
ser que tras semejante maniobra se esconda una intención oculta.
Ya el periodista P. Hebbiethhwaite se había extrañado de
que en los archivos de Gelli no hubiese nombres de comunistas italianos
ni de otros países, resultando complejo entender cómo sin
tales intermediarios había realizado buenos negocios con países
del Este y entablado amistad con el dictador Ceaucescu, sospechando que
tales nombres podrían haber sido eliminados por el propio Gelli
que habría dejado todo aquel material dispuesto para ser encontrado,
en lugar de haberlo destruido. Stephen Knight, un investigador imparcial
que ha denunciado la infiltración del KGB en la masonería
británica, recuerda que Gelli trabajó para la inteligencia
soviética y sostiene que, la P-2 fue un programa patrocinado por
la KGB para desestabilizar Italia y llevar a los comunistas al poder por
primera vez en un país occidental. Esto explicaría en su
opinión por qué se encontraba entre sus archivos un documento
en el que se describe la estructura de¡ KGB, aunque no se pregunta
por qué lo dejó tras él, así como las motivaciones
ocultas del escándalo de la P-2 y su conexión con el atentado
que sufrió Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981, poco después
de descubrirse los documentos de la Logia. Pero esa es otra historia y
las claves de todo el embrollo podrían encontrarse en otro nivel:
el de los oscuros designios de las fuerzas que rigen la extraña
dialéctica del ajedrez planetario, situándose «más
allá del bien y del mal», como veremos en otra ocasión.
Un viaje sin retorno El 20 de ese mismo mes, Calvi es detenido por la
quiebra del Banco Ambrosiano, ejerciendo una enorme presión sobre
Marcinkus y Menini, directivos del IOR, para que acudan en su ayuda, comunicando
a su esposa y a su hija que las operaciones anómalas por las que
iban a procesarle habían sido realizadas en representación
de esta institución bancaria del Vaticano, según constaba
en documentos guardados en la Banca suiza del Gottardo.
Un año después de ser condenado y puesto en libertad bajo
fianza, Calvi vuela a Londres. Hay quien sospecha que busca ayuda en una
Logia de Londres, a la que decía pertenecer y a la que atribula
poderosas influencias financieras. Sea corno fuere, su cadáver
es hallado colgado de un puente londinense, con los bolsillos repletos
de piedras. Un tribunal de Milán sostendrá que fue asesinado,
mientras su viuda asegura que «fue víctima de feroces luchas
vaticanas», y recuerda que, cuando Gelli llamaba a Calvi para chantajearle
y le preguntaban quien era, desde 1978 siempre respondía: Lucíani,
el apellido del Papa muerto ese año. Cuando Yallop intentó
entrevistarle por teléfono para su libro sobre la vida de Juan
Pablo I, Calvi le respondió malhumorado: «¿Quién
te ha mandado contra mí? Yo siempre pago. ¿De qué
conoce a Gelli? ¿Cuánto quiere? No escriba ese libro. No
me vuelva a llamar nunca». Implicado en la quiebra del Ambrosiano,
Gelli es encarcelado en 1982 en una prisión de máxima seguridad,
de la que escapa un año después. En 1986 el Tribunal Supremo
le implica en la brutal matanza de Bolonia, llevada a cabo por elementos
ultraderechistas con el conocimiento de servicios de inteligencia controlados
por él, y de la que intentó culpabilizar a los servicios
secretos búlgaros y soviéticos, como en el atentado contra
el Papa Wojtila. Extraditado por sus delitos financieros, pasó
una corta temporada en la cárcel, concediéndosela la libertad
provisional por motivos de salud. Un trabajo del Espíritu Santo
Contrasta la imagen que de Juan Pablo I se ha querido dar en ciertas esferas
vaticanas con la que de él ha retenido el pueblo llano. Un anónimo
monseñor confiesa a Cornweil: «El Espíritu Santo hizo
un buen trabajo, librándonos de él antes de que hiciera
demasiado daño». Don Diego Lorenzi, uno de sus secretarios,
le confirma: «Les hubiera gustado cambiarle. No le merecíamos».
«Ese Papa consiguió un enorme afecto popular de la gente
corriente -opina el padre Farusi, director del informativo de Radio Vaticana-.
Se le creía aún más popular que a Juan XXIII, era
incluso más santo, más humilde, más modesto, más
sencillo. Se pensaba de él que era un Papa santo, cercano a su
gente». Está claro que un Papa así tenía que
resultar incómodo para muchos en un ambiente que ha cambiado la
humildad, la caridad y el amor por la púrpura, el protocolo y la
burocracia. Su reino no era de ese mundo y ese mundo le despreció.
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