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Conciliar contradicciones




CONCILIAR CONTRADICCIONES

Por Francisco de Sales

conciliar

Si nos observamos con atención, que es una labor que ha de convertirse en continua y cotidiana –pero no monótona y rutinaria-, nos podemos llevar otra sorpresa: descubrir que somos un incesante vaivén de contradicciones, y que la tarea de la vida parece no ser otra que conciliarlas, ya que quedar a merced de ellas y sus vaivenes nos alejan del todo del centro en que se haya el equilibrio. Nos convierte en nuestras propias víctimas.

Por motivos educacionales –aunque sería más correcto algo así como “deseducacionales”-, y porque nunca llegamos a tener las cosas claras del todo, y porque donde hoy digo “digo” mañana diré “Diego”, y porque cuando oigo una opinión ajena me parece más fiable que la mía y la cambio urgentemente, y porque mi estados de ánimo variables tienen más fuerza que mi tambaleante seguridad, y porque no sé nada de nada aunque pretenda aparentar lo contrario… por todo ello, somos una maraña de confusiones y desconciertos.



Así que vivir con uno mismo, que es tarea irrechazable, es un continuo tratar de armonizar impulsos con sabiduría, paciencia con desesperación, dudas con preguntas, y leves momentos de paz con guerras encarnizadas.

Es lo que nos ha tocado vivir.

Es lo que hay.
De momento.

De lo que se trata es de armonizar los desafueros, de ser juez sensato y conciencia limpia, de comprender sin desesperación, de aceptar que con la perfección convive la imperfección, que todo es posible, y se trata de aplacar la desesperación, de animar al que se duerme en los laureles, de apaciguar al exaltado, de consolar al afligido, de estimular al pesimista, de reír con el que ríe cuando ríe, de animar al derrotado, de esperanzar al desesperanzado… porque estamos siendo, en diferentes momentos, e incluso al mismo tiempo, todos ellos.

Conviene ser con uno mismo la propia madre receptiva y pacificadora, la que tiene el amor incondicional por principios, y ama a todos sus hijos –que son nuestros diferentes estados- de un modo ilimitado, comprensivo y sin pre-juicios.

No hay que desesperarse por nuestros altibajos, nuestros cambios de humor, nuestra inconstancia.



No hay que instalarse en el lamento y quedarse estancado.

No hay que aceptar una derrota de antemano.

Vivir, y la vida, nos exigen que nos relacionemos con nuestras contradicciones desde el amor a uno mismo, desde el respeto irrenunciable, desde la convicción de que esto es así y funciona de este modo: observar, comprender, aprehender… y tratar de corregir.

Pero desde el abrazo y no desde el enfrentamiento.

No han de extrañarnos y  mortificarnos nuestros contrasentidos y contrariedades. Hemos sido educados de un modo confuso y aun actuamos así en muchos casos.

Sí han de servirnos para entender que eso forma parte de nuestra naturaleza personal, y a partir de la aceptación conviene ponerse a la noble tarea de crear un estado interior de armonía y comprensión que nos acepta, en principio, en nuestro modo de ser habitual, y nos ayuda, al mismo tiempo, a tratar de que esas discrepancias sean cada vez menores, hasta que lleguen a desaparecer.


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