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"Me Falta Algo" - La Eterna Insatisfacción




“Me Falta Algo”- Sobre la Eterna Insatisfacción

Por: María Clara Ruiz
mariaclararuiz.com

insatisfacción

 Aceptar que el mundo no es una permanente maravilla, pero que siendo el único que hay es, por lo tanto, el mejor posible, y que lo mismo sucede con quienes nos rodean, con aquellos que queremos entrañablemente, y con nosotros mismos, es la pendiente más abrupta que nos toca escalar y, para colmo, solemos contemplarla con claridad recién en los últimos años de la vida. Pero si bien hay dolores que no vale la pena que ocasionan, hay, por fortuna, otros que sí”.
                                                                                                                                                            (Luis Chiozza)

La eterna insatisfacción. Una de las sensaciones más dolorosas y crispantes de la existencia humana y una forma de vida para algunas personas que sufren sus estragos. Se presenta de formas variadas, en todos los ámbitos posibles de la vida. En el trabajo, en las actividades creativas, en las relaciones afectivas, en los balances vitales, cuando después de esfuerzos, de vivencias, de diversos recorridos nos decimos: “no es lo que quería, había algo mejor, más guapo, más barato, más bonito, más grande… ”.



Siempre había algo mejor y esa es la trampa. Y esta sensación de insatisfacción se acompaña de otra, que es la de carencia. Siempre falta algo. Conseguiste ese trabajo pero a tu compañero le han dado mejores proyectos. Conseguiste ese/a novio/a que tanto anhelabas, pero le falta gracia, belleza o dinero. Conseguiste ese coche para el que tanto ahorraste, pero le falta una radio mejor o un GPS. Te compraste un móvil hace meses, pero ya salió otra versión y te sientes incompleto/a.

Algo falta. Pero vamos tan de prisa que no alcanzamos a darnos cuenta de lo que pasa. Esa es la dinámica, reforzada por una sociedad de consumo empeñada en embrutecernos desde que nacemos.

¿De donde vienen estas sensaciones tan incómodas?

Retomo la estructura que presenta Luis Chiozza cuando habla de las “cuatro faltas”, refiriéndose a esas sensaciones de carencia que muchas veces nos acompañan en el transcurso de la vida. Su explicación tiene grandes similitudes con las del paradigma reichiano, completando y actualizando el pensamiento de Reich en 1948. Esta es, en resumen la idea de las cuatro faltas expresada por Chiozza, quien habla de un abismo entre nuestros ideales y las normas:

1)- Durante los primeros momentos de la vida, cuando se construyen los límites del “yo”, cuando se considera como propio lo que gusta y da placer, y como extraño o exterior lo que disgusta. La relación con el pecho materno es la clave, pero no como un simple acto alimenticio mecánico, sino con toda su implicación a nivel de vínculo (lo cual puede ser compensado por un biberón dado con la misma implicación, en caso de necesidad o de imposibilidad de presencia del pecho materno). Pongamos el caso de no haber gozado de suficiente tiempo o disponibilidad para disfrutar de esta exclusividad y ha quedado una carencia. Para compensar esta falta, nos defendemos ubicándonos en el centro, buscando permanentemente un rol protagónico. Pero, obviamente esto falla cuando nos damos cuenta de que hay otros que compiten por el trono, a lo que respondemos frecuentemente con sentimientos de envidia y actitudes de ignorarle, disminuirle u ocupar su lugar, en vez de colaborar y disfrutar de los méritos ajenos. Y así, se va generando la segunda falta.



2)- Se sigue buscando a toda costa esa sensación de estar “arriba” y sólo serán bien recibidos aquellos que contribuyan a sostener el protagonismo, admirándonos, elogiándonos, aplaudiéndonos. Cuando la estrategia de ubicarnos en el centro como únicos protagonistas no funciona -lo cual evidentemente sucederá tarde o temprano-, la vida puede experimentarse como un fracaso y esa sensación es la fuente de la rivalidad, los celos o la envidia. La búsqueda de reconocimiento se convierte en la meta y así es como se crea una dependencia de los demás, aún cubierta de un halo de independencia y de falsa autonomía. Así es como se acaba haciendo y diciendo lo que el otro desea ver o escuchar y así es como uno se convierte en esclavo de quien le puede destrozar, simplemente por haberle abandonado. De todas maneras, aunque se consiga ese tan buscado reconocimiento, aceptación y admiración, nunca será suficiente y el estado usual será la permanente y crónica insatisfacción. Así es como se pierde la posibilidad de disfrutar de lo que hacemos. Dice Chiozza: “Pero sea cual fuere el reconocimiento que obtengamos, nunca será suficiente”. Y de eso se trata la tercera falta.

3)- En el transcurso del desarrollo, si todo va bien, nos preparamos para aceptar estas faltas, para tolerar esa sensación y descubrimos otros placeres más allá del reconocimiento o el protagonismo, como es la experiencia de alcanzar una meta, que ha sido la motivación, el sentido, y que compensa los sufrimientos de la pérdida o carencia de protagonismo y reconocimiento. Está todo en su sitio entonces, a no ser que nos demos cuenta de que no podemos compartir ese logro con las personas que nos importan. En caso de que esto suceda, se suelen actualizar las faltas anteriores. Esto nos conduce a la carencia afectiva que se siente como desolación y que se acerca a la sensación de nostalgia y anhelo. Y es así como se forma la cuarta falta.

4)- Es fácil que esta cuarta falta se solape con alusiones a la vejez, sobre el poco atractivo que queda en la vida, y se permanezca en el desinterés, la falta de curiosidad por la vida, la falta de sentido, el aislamiento… Pero tomemos en cuenta que esta etapa de la vida se suele vivir con las personas más cercanas. Dice Chiozza:

“[…] Reparemos en que la cuarta falta se experimenta frente a las personas con quienes mantuvimos vínculos profundos y duraderos, en primera instancia, porque, luego de sufrir el dolor que ocasiona la imposibilidad de sentirnos adecuadamente “comunicados” con ellos, sucede, en “segunda instancia”, que ese problema de comunicación o de empatía se extiende al resto de las personas del entorno, de modo que si bien “convivimos” en aceptables condiciones cordiales, llevamos a cuestas un trozo del alma que no podemos compartir con nadie y que crece con los años”.

(Fuente: Chiozza, L., “Cáncer: ¿Por qué a mí, por qué ahora?”)



¿Qué hay que hacer para vivir mejor?

Es la pregunta que nos hacemos cuando nos damos cuenta de que existe un problema. Pero, en este caso, como en otras situaciones cuando se trata de la salud, la respuesta no está en un libro, ni en la voz de la experiencia de otra persona. Precisamente, la respuesta está en nuestro propio cuerpo y, para eso, es necesario recuperar el contacto con nosotros/as mismo/as.

Cuando hablamos de prevención de enfermedades, también nos estamos refiriendo a esto. A la capacidad de parar cuando el cuerpo nos lo pide. A darle lo que necesita en cuanto a la alimentación, la temperatura, la caricia, la quietud, la actividad. Pero si no habitamos nuestro cuerpo no podremos comprender la información que nos aporta. Por ejemplo, ¿Por qué sucede, tan a menudo, que un costipado nos tire a la cama por una semana, cuando a veces sólo se trataba de descansar el día que estábamos tan cansados/as? ¿Qué hace que, por más que nuestro cuerpo, nuestro ánimo, nuestras fuerzas nos digan por activa y por pasiva “basta ya!!”, sigamos en la dinámica de los “tengo que…. ahora”?

Haya pasado lo que fuera en nuestra historia, recordemos que actualmente somos dueños/as y responsables de nuestras vidas y que lo que nos faltó en algún momento se puede compensar ahora mismo. Sólo hace falta intentarlo, encontrar los recursos adecuados y emprender la marcha hacia otro destino, más amable, más emocionante, más libre y más acorde con nuestras posibilidades humanas.


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