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Autocuidado : Cómo relacionarte contigo mismo




Autocuidado: Cómo relacionarte contigo mismo

autocuidado
por Larisa Root

  • Introducción

Mucho se habla respecto a cómo llevar adelante una relación sana de pareja, con la familia y los compañeros de trabajo. Se proporcionan consejos y sugerencias para ponerse de acuerdo con alguien en diferentes situaciones, para gestionar el contacto con el mundo exterior, obviando así un hecho esencial y de suma importancia: la relación con uno mismo. Ante la pregunta sobre por qué es tan complicado ponerse de acuerdo con alguien, es necesario primero formular e intentar responder otra pregunta "¿cómo me pongo de acuerdo conmigo mismo?". Este cuestionamiento abre el panorama y, a medida que se avance allanando el camino que conduce hacia uno mismo, la relación con el mundo exterior cobrará otras dimensiones.

Conócete a ti mismo

En la entrada al templo de Apolo, en Delfos, se hallaba inscrito el aforismo "Conócete a ti mismo". Allá por el siglo IV a.C., los griegos invitaban a la introspección, a conocer cuál es la naturaleza humana. A través de este conocimiento, es posible conocer el mundo, es un método para aproximarse al verdadero ser es la observación de sí mismo. Por más dificultoso que resulte al principio, como todo lo que se quiera lograr en la vida, llevará paciencia, dedicación y práctica. La capa más superficial con la que puedes encontrarte será tu personalidad... ¿Sabes qué es?

Personalidad

Para comprender qué es eso que llamamos personalidad, debemos remitirnos nuevamente a la civilización griega. Persona, del griego 'prosopon', significa máscara, y del latín 'personare', para sonar, resonar. Para los clásicos, prosopon era la máscara que utilizaban los actores griegos en las tragedias, sus representaciones teatrales. Estas máscaras tenían la función de mostrar diferentes emociones, como angustia, llanto, alegría y poseían una abertura a la altura de la boca, lo cual ayudaba a que la voz alcanzara un sonido fuerte y penetrante. Lamentablemente, al desconocer el sentido real de la palabra persona, se tiende a confundir la personalidad con "ser humano". La humanidad, lo que caracteriza a cada ser humano, se reduce así a una simple fachada, una máscara, que utilizamos en la función teatral de la vida diaria.



 

La personalidad como función

Retomando el empleo de la palabra que hacían en los orígenes de la civilización occidental, es necesario comprender que la personalidad es una función que permite al individuo adaptarse al medio. Ésta se ve moldeada y condicionada por la cultura y por lo que el entorno y las circunstancias exigieron para que ese ser que se esconde por detrás pueda sobrevivir en sociedad. Ahora bien, la personalidad posee la cualidad de plasticidad, es decir, es posible regularla mediante un trabajo sobre sí. Desde esta óptica, el panorama se abre ampliamente. La personalidad en sí deja de ser una cárcel del ser para convertirse en posibilidad de encuentro con el sí mismo, de desarrollo y despliegue de potenciales.

Observación de sí

En la búsqueda por conocerse uno mismo, se tiende a apresurar los pasos que son importantes e ineludibles. Conocer y observar no es lo mismo. El conocer algo o alguien es pasivo, es como tomar una fotografía de un paisaje natural, regresar al día siguiente y pretender que todo siga absolutamente igual. La observación, en cambio, es activa, permite el movimiento y el cambio. La observancia de sí necesita de nuestra atención. Para observar se requiere "salirse" un poco del estado de ensimismamiento diario, que sólo puede ver la realidad desde una óptica reducida e interesada. Salirse un poco del estado en el cual las emociones extremas o la tormenta de pensamientos gobiernan los propios actos.

saliroentar

¿Salir o entrar?

Puede parecer paradójico que, para observar atentamente dentro de sí mismo, uno deba "salirse" de sí. Por lo general, hay una fuerte identificación con los propios pensamientos y las propias emociones y se tiende a creer que uno es justamente lo que piensa o lo que siente, y es esto lo que produce un estado egóico que ciega y aleja de una comprensión mayor de lo que acontece. Para salir de este estado, es menester un aumento en el nivel de la consciencia, que puede darlo la observancia, el salirse un poco. Has el ejercicio, intenta por un momento observar cuáles son tus pensamientos ahora mismo, sin identificarte con ellos, mírate leyendo estas palabras: ¿Cuál es tu postura corporal? ¿Cuáles tus gestos?

Ampliar la perspectiva

Para ilustrar mejor lo anterior, intenta figurarte el estadio de consciencia ordinario o habitual alejado del sí mismo como una gran tormenta. Uno se halla inmerso en ella, en el nivel más básico -por llamarlo de alguna manera- de su propia personalidad o estructura. Al permitirse alejarse un poco, observar esa tormenta desde una montaña, uno puede afirmar con claridad: yo sé que sufro. Este paisaje, contemplado desde un nivel más alto de la personalidad, se ve como un temporal sobre el valle. La tormenta sigue existiendo, se experimenta por cierto la conmoción del afecto, pero existe simultáneamente un estado de consciencia trascendente que sabe que uno es tormenta y montaña al mismo tiempo.

 

El Yo es legión

Muchas preguntas aparecen cuando se está dispuesto a observarse a sí mismo y cualquier circunstancia favorece el auto-conocimiento. ¿Cuáles son mis pensamientos en este momento? ¿Qué siento? ¿Dónde lo siento? ¿Cómo está mi cuerpo? ¿Qué deseo hacer? ¿De qué me doy cuenta? Por este camino, uno encontrará que dentro suyo existen muchas voces distintas. El Yo no es uno solo, como se supone, el Yo es legión y dentro de cada persona conviven multiplicidad de voces. Por lo general, de manera más o menos consciente, las personas tiende a acallar alguna parte suya, a reprimirla, ocultarla, desviarla o sublimarla. Cada quien tiene sus maneras de escaparse de lo que comienza a encontrar en su búsqueda interna.

La sombra

Es habitual que en el proceso de descubrimiento de cómo uno va siendo en el mundo, aparezcan facetas que resulten desagradables, por el motivo que fuere. Aparece un yo que juzga de incorrecto, indebido, inmoral y muchas cosas más a ciertos aspectos de la personalidad. El yo se ocupará -por un tiempo- de esconder del mundo estas características indeseadas que pasarán directamente a constituir lo que se llama Sombra. La sombra es todo aquello con lo cual no te identificas, todo aquello que niegas, todo aquello que no es correcto para la imagen que quieres tener de ti mismo.

sombra

Trabajo con la sombra

Un ejercicio simple para reconocerla es tomar papel y lápiz y trazar una línea vertical dividiendo la hoja. En una columna, haz una descripción de ti mismo, escribe una a una características tuyas, por ejemplo que eres trabajador, que te interesa leer, que siempre dices la verdad. En la otra columna escribe lo opuesto, por ejemplo, que eres holgazán y mientes. Cuando termines, lee atentamente esa última columna. ¿Qué sientes al hacerlo? ¿Reconoces algo de eso como propio? ¿Qué efecto causa en ti sentirte un mentiroso? Lo oculto genera miedo justamente por estar oculto. Trae poco a poco a tu consciencia todo eso que te asusta. Anímate, verás que no hay nada que temer.

Un tablero de ajedrez

La identificación sólo con el lado luminoso -por llamarlo de alguna manera- de nuestra personalidad es un camino fragmentado que conduce al sufrimiento y que aleja del sí mismo. El ser humano posee una inmensidad profunda. El juicio sobre uno mismo rechaza aspectos que son útiles, por más despreciables que puedan parecer. Cada una de tus características conforma las piezas de un tablero de ajedrez. Cada pieza tiene su sentido y su valor propio. Cuando logras reconocer esto, puedes, desde un nivel amplio de consciencia, mover cada pieza según lo requiera la circunstancia y tu voluntad.

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