Crecimiento Personal
Siguenos  
 
 
Personas víricas que consumen energía




Personas víricas (tóxicas) que consumen energía

personas toxicas

Llegan, nos contagian sus emociones negativas y nos dejan sin fuerzas.
Defenderse y protegerse de este tipo de personas es una obligación.
Parar los pies a los víricos victimistas no es abandonarles sino invitarles a tomar las riendas.
Ponga una tormenta en su vida

La hora del hemisferio derecho. El arte de improvisar

Seguro que usted se ha visto alguna vez en esa situación en la que después de mantener una conversación con un amigo se ha sentido desolado, ha contemplado el mundo con más tristeza y menos entusiasmo que antes de empezar la conversación, o ha pensado: “Madre mía, a este amigo no le pasa nada bueno, siempre tiene una queja”.
Y en situaciones extremas, ha escuchado el teléfono, ha visto el nombre de la llamada entrante y ha dejado de atenderlo porque sabe que esa persona, de alguna manera, le va a complicar la vida: le va a contar un nuevo problema o seguirá hablando de su monotema, por lo general con temática “desgracia”.
La pregunta que uno se plantea siempre después de pasar un rato con las personas víricas es: “¿Y yo qué necesidad tengo de estar oyendo esto?”.

¿Quiénes son las personas víricas? Aquellas que llegan y le contagian de mal humor, de tristeza, de miedo, de envidia o cualquier otro tipo de emoción negativa que hasta ese momento no se había manifestado en su cuerpo. Es igual que un virus: llega, se expande, le hace sentir mal y cuando se aleja, poco a poco, usted recobra su estado natural y, con suerte, lo olvida.
El origen de la persona vírica puede ser variado: el mal genio, la envidia, la falta de consideración, el egoísmo, la estupidez o la falta de tacto. Lo importante es verse con recursos suficientes para protegerse del contagio. El mundo está lleno de personas víricas de diferentes tipologías, unas menos dañinas y otras malévolas que dejan memoria y cicatriz.

Víricos pasivos.

En esta categoría incluyo a los victimistas, los que echan la culpa de todo su mal a los que tienen alrededor, nunca son responsables de lo malo que les ocurre porque son los demás o las circunstancias los que provocan su malestar. Si les escucha y a usted le va bien, llegará a sentirse mala persona por disfrutar de lo que los victimistas no tienen. Y no porque no tengan posibilidad de hacerlo, sino porque han aprendido a obtener la atención a través de la queja y eso es cómodo. Se sienten maltratados por la vida y abandonados de la suerte. Por supuesto, le hacen sentir mal a quien no les presta la atención de la que se creen merecedores. Con estas personas sufrirá el contagio del virus tristeza, frustración y apatía.“Es extraña la ligereza con que los malvados creen que todo les saldrá bien” (Víctor Hugo)

 

Víricos caraduras.

Son los que siempre le pedirán favores, pero a la vez no son capaces de estar atentos a sus necesidades. No mantienen relaciones bidireccionales en las que entreguen tanto como reciben.
Tiran de otros sin preguntarles si están bien, si necesitan ayuda, si les viene bien prestársela en ese momento. Son egoístas y egocéntricos, y en el momento en el que se deja de satisfacer sus necesidades comienza la crítica y el chantaje emocional.
Con estas personas sufrirá el contagio del virus “siento que abusan de mí”, aprovechamiento y resignación.
Víricos criticones. Viven de vivir la vida de otros porque no les vale con la suya. Su vida es demasiado gris, aburrida o frustrante como para hablar de ella, así que destrozan todo lo que les rodea. No espere palabras de reconocimiento hacia los demás ni que hablen de forma positiva de nadie, porque el que a los demás les vaya bien, les potencia su frustración como personas.
No saben competir si no es destruyendo al otro. Arrasan como Atila. Con estas personas sufrirá el contagio del virus desesperanza, vergüenza, incluso culpa si participa en la crítica. Y la culpa luego arrastra al virus del remordimiento.

Víricos con mala idea.

Manténgalos bien lejos.
Están resentidos con la vida, ya sea porque no han sido capaces de gestionar la suya o porque la suerte no les ha acompañado.
Anticipan que las personas son interesadas y no esperan nada bueno de ellas.
Todo lo interpretan de forma negativa, a todo el mundo le ven una mala intención.
Viven en un constante ataque de ira, como si el mundo les debiera algo. No soportan que otros tengan éxito, esfuerzo y fuerza de voluntad, porque estas actitudes de superación les ningunean todavía más. Con estas personas sufrirá el contagio del virus indefensión, inseguridad, impotencia y ansiedad.

Víricos psicópatas.

Para los que no lo sepan, no hace falta ser asesino en serie para ser un psicópata. El psicópata es aquel que inflige dolor a los demás sin sentir la menor culpabilidad, remordimiento y sin pasarlo mal. De estos hay muchos de guante blanco. Son los que humillan, faltan al respeto a propósito, pegan, amenazan y provocan que se sienta ridículo, menospreciado, y se cargan la autoestima. Ante ellos, salga corriendo, porque el que lo hace una vez, repite. Si le permite que le maltrate, usted terminará pensando que ese es el trato que merece. Con estas personas sufrirá el contagio del virus miedo y odio. Muy difícil de erradicar, perdura durante mucho tiempo en su memoria.
Mecanismos de defensa. Para evitar el contagio de los víricos victimistas, lo primero que hay que hacer es pararles.

Decirles que estará para ayudarles a tomar decisiones y solucionar problemas, pero no para ser el pañuelo en el que ahogan sus penas sin implicarse. Estas personas se acostumbran a llamar la atención con sus desgracias, pero son incapaces de responsabilizarse y actuar porque optan por el camino fácil: llorar.
Dígale que estará encantado de ayudarle siempre y cuando se movilice. Y si no lo hace, decida alejarse de alguien que ha tomado la decisión de ser un parásito toda la vida. No lo está abandonando, le está dando aliento para que actúe. Si decide no tomar las riendas de su vida, ser su paño de lágrimas, tampoco será una ayuda. Se gasta la misma energía quejándose que buscando soluciones. La primera opción consume y resta, y la segunda suma.

“La tristeza del alma puede matarte mucho más rápido que una bacteria” (John. E. Steinbeck)
Ante el virus de pedir, el antivirus de decir no. Si usted no hace prevalecer sus necesidades y prioridades, ellos tampoco lo harán. Una cosa es ser solidario y otra muy distinta estar a disposición de todos y no estar nunca para uno mismo.
No permita que la persona vírica criticona haga juicios de otras personas que no estén presentes. Si lo hace con otros, también lo hará cuando usted no esté presente.

 

No entre en su juego ni se identifique con esa conducta. Dígale que no le gusta hablar de personas que no están presentes. Y si se trata de rumores, dígale que no tiene la certeza de que el rumor sea cierto. Los rumores, la mayoría de las veces, son infundados, falsos o exagerados. Se propagan como el viento, y a pesar de que luego se compruebe que son falsos, el daño ya está hecho. Actúe como le gustaría que lo hicieran, con respeto, discreción y veracidad. Es más importante ser ético que evitar un conflicto con un criticón.
Y por último, no permita que nadie le falte al respeto y mucho menos le maltrate ni psicológica ni físicamente. Como personas, todos merecemos un trato digno. Hágase valer. Pida ayuda, póngase en su sitio, no consienta una segunda oportunidad a quien le ha hecho daño. El que le daña no le quiere; olvídese de justificarle por su pasado, su carácter, su educación, el alcohol o sus problemas.

Nada, absolutamente nada, autoriza la falta de respeto y el maltrato físico y psicológico.
Y esto es válido en el ámbito familiar, laboral y entre los amigos.
Rodéese de personas de bien, que le quieran y que se lo demuestren, que le hagan feliz, con las que salga con las pilas recargadas. Tenemos la obligación de ser felices y disfrutar. Hay mucha gente dispuesta a ello. No las deje escapar. Las personas estamos para ayudarnos, somos un equipo.

TEST: ¿SOY UNA PERSONA TÓXICA PARA LOS DEMÁS?

  1. ¿A menudo hago comentarios negativos sobre situaciones de personas de mi entorno? Por ejemplo, creo que esa ropa no te sienta bien.
  2. Cuando me tomo el café con los del trabajo, ¿estamos todo el tiempo hablando de las cosas malas y nunca comentamos temas como que cobramos a final de mes y vivimos de ello?
  3. Cada vez que se avecina un cambio, me cambian de mesa en el trabajo, me tengo que mudar,… ¿lo vivo como algo terrible y me quejo durante semanas?
  4. Si me proponen algo en lo que no había pensado previamente, ¿suelo responder que no estoy de acuerdo?
  5. ¿Suelo pedir favores a menudo pero a mi nadie me los pide? Piénsalo un momento, por qué nadie te pedirá que le hagas un favor o tal vez sea que no sabes de las necesidades del otro.
  6. Soy de los que siempre le dan la vuelta a la tortilla para tener razón
  7. Cuando alguien de mi entorno consigue un logro u objetivo siento envidia y no soy capaz de reconocerle ese mérito personalmente. Es pura suerte.
  8. Suelo interpretar todo lo que te ocurre o lo que dice la gente de forma negativa
  9. ¿Alguna vez te has encontrado agrediendo verbalmente a alguien sin ser consciente? ¿Y físicamente?
  10. Soy de los que sólo llaman a sus amigos para contarles tus problemas
  11. Me siento maltratado por la vida
  12. Soy de los que “recibe” más de lo que “da” de las personas que tengo a mi alrededor
  13. Algunas veces, ¿las personas que están junto a mí se sienten inferiores, menospreciadas y humilladas por mi causa?
  14. No permito que los demás den su opinión o me cuesta escucharla porque en seguida rechazo lo que dicen.
  15. ¿La gente de mi entorno tiene que demostrarme constantemente cuánto valen para que les tenga en cuenta?
  16. Pienso anticipadamente que los demás son todos unos interesados que se acercan a mi con dobles intenciones.
  17. Sé quién tiene la culpa de mis problemas y no soy yo.
  18. No pienso en las cosas que digo, sólo las digo y que cada uno se las apañe como pueda.

¿Y qué pasa si la tóxic@ soy yo? Y lo que es peor: ¿y si me intoxico a mí mism@?

Ahora bien, supongamos – me dije –  que sí soy tóxica. Supongamos además que intoxico la vida de los demás o por lo menos la de algunos de los que me rodean. En ese caso “ellos” tendrían el trabajo de detectarme como tóxica y dada la situación reacomodarse y ajustar la relación para que no los afecte; o llegado el extremo, dejarme para no “intoxicarse” conmigo. Pero… ¡Yo no puedo alejarme de mí mism@! A menos que además de tóxica quiera volverme loc@. Entonces ¿qué puedo hacer?

Bueno tal vez, y en ese caso, sólo me quede el camino de autodetectar mi nivel de toxicidad, reacomodarme, ajustarme y en la medida que mis fuerzas me permitan ¡liberarme! de mi propia toxicidad.

Pero profundicemos: ¿qué quiere decir toxicidad?, ¿puedo descubrirla en mi?, ¿cómo?, ¿puedo ser objetiva conmigo misma?, o por lo menos ¿autosincerarme?, ¿qué debería buscar?, ¿qué pretendo detectar?, ¿cómo se encuentra?, ¿cómo se mide?, ¿existe alguna fórmula?, ¿o tal vez algún test de toxicidad?, o mejor aún ¿de autotoxicidad?

¡¡¡Qué increíble se volvería el mundo si cada uno de nosotros emprendiera el camino de autodesintoxicarse emocionalmente!!! Ya no sería necesario detectar al tóxico afuera porque, o estaríamos demasiado ocupados autolimpiándonos o ya no habría gente tóxica para identificar!!!

Demasiada utopía Laura… volvé….

Sí, mejor volvamos al punto de inicio que es saber si uno puede ser tóxico para sí mismo.

Ok. Lo primero: ¿cómo lo detecto? Podemos empezar por reconocer:

¿Me quejo todo el día?, ¿Me autocritico en exceso?, ¿Vivo desconforme?, ¿Considero que nada me sale bien?, ¿Echo la culpa de todo a los demás?, ¿Nunca tomo responsabilidad emocional sobre lo que me pasa?, ¿El estrés me domina?, ¿Rezongo por todo?, ¿Nunca me río?, y de mi mismo ¿puedo reírme?, ¿Vivo a la defensiva?, ¿Soy agresivo, hostil o pesimista permanentemente?

Si respondiste que sí a uno o más ítems debes saber amable lector que te estas autointoxicando.

La queja, la crítica, la desconformidad, la inseguridad, el mal humor, el estrés excesivo, el rezongo, la tensión, la agresividad, el pesimismo o cualquier otra emoción negativa se retroalimenta constantemente: es un circuito que empieza con una idea o un pensamiento al que le sumas una emoción, esa emoción activa una respuesta fisiológica y tu cuerpo se puede enfermar. Es un círculo vicioso y por lo tanto tóxico.

Llegados a este punto la pregunta obligada es: ¿qué querés decir Laura? que entonces ¿No debo enojarme cuando algo sale mal o me molesta?, ¿Qué no debo quejarme con la persona que no cumple con sus obligaciones?, ¿Qué a pesar de que estoy tapado de trabajo no debo tensionarme?, ¿O que aunque el tráfico esté imposible no debe estresarme?

No! Nada de todo eso! No se trata de vivir en una especie de utopía de Amor y Paz constante y eterna. Si no que se trata de REGULAR respuestas emocionales. Se trata de responder “adecuadamente”, es decir de cantidad y calidad de energía psíquica, emocional y/o física según los estímulos y las circunstancias te exijan. ¿Muy difícil de entender? A ver si lo puedo decir más fácil:

La tensión, el estrés, la crítica y la autocrítica, la seriedad, el reclamo, la agresividad y el enojo son tan necesarios y valiosos (sí, leíste bien: valiosos) para vivir en sociedad cómo el buen humor, el relax, la aceptación, la risa o la tranquilidad. No se trata de reprimir o eliminar unas en función de otras, sino de regular: es el exceso lo que altera, daña, lastima o incluso enferma.

Una vida, por ejemplo, sin tensión y sin estrés no sólo no es posible sino que no es saludable (en otro artículo trataremos con mayor profundidad el tema de la agresividad necesaria y el estrés saludable). De la misma manera una vida de tensión y estrés permanentes no sólo no debería ser posible, sino que es dañina y esto lo sabemos muy bien.

Lo que a veces no es tan claro, es que el ser humano es un animal altamente ADAPTABLE y si el ambiente así lo exige, tiene la capacidad de moldearse absorbiendo lo que el ambiente le demanda. De esa respuesta adaptativa genera una forma de Ser y Estar, y sin darse cuenta vive en piloto automático: en el piloto automático del estrés, del enojo, del mal humor, de la agresión, de la desconfianza, de la desvalorización o de lo que sea que se haya convertido en su patrón de respuesta habitual.

Por ejemplo, si el patrón de respuesta habitual de una persona es la queja, probablemente encuentre en su entorno oportunidad para lamentarse y entonces su foco estará puesto en encontrar la falla, lo que falta, el error, lo negativo que hay a su alrededor. Y al enfocarse en ello SIEMPRE va a encontrar eso que busca!. Ahora bien, el problema no es encontrar un error, porque siempre hay algo que está alrededor y que necesita ser mejorado; el problema es que SOLO ve el error y no rescata lo positivo y cuando ese polo se vuelve permanente no solo sufre la persona sino que la gente lo identifica como el “quejoso”, como alguien que vive lamentándose, demandando o reclamando todo el tiempo: si llueve porque se moja, si hay sol porque tiene calor, si está nublado porque no sabe que ponerse… y así va todo el día ¡y todos los días!.

Ahora bien, todo este mecanismo es inconsciente. Inconsciente quiere decir que no nos damos cuenta. Sin embargo, tenemos distintos niveles de alarma que nos avisan que algo anda mal. Y esas alarmas son, en un nivel, las mismas emociones que nos intoxican; en otro nivel es el cuerpo que nos habla a través de dolores, enfermedades o malestar y en otro nivel, aún más sutil, son las relaciones interpersonales. Las personas de nuestro entorno muchas veces nos muestran con sus reclamos, sus desaires, su incomprensión o sus exigencias que hay algo que no anda bien.

Si podemos aprender a escuchar a nuestras emociones, a nuestro cuerpo o a nuestro alrededor podemos emprender el proceso de transformación en pos de una mejor calidad de vida para nosotros y para quienes nos rodean. O en otros términos: ¡podemos alcanzar una vida desintoxicada emocionalmente!.

 

Facebook
Compartir en Facebook
twitter
Compartir en Twitter
google+
Compartir
en Google+



VOLVER A CRECIMIENTO PERSONAL