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Los Egipcios pasaron de la noche a la mañana de ser un pueblo
de pastores, a convertirse en una gran superpotencia cultural, cuyos portentos
todavía asombran al ser humano. ¿Adquirieron los egipcios
sus conocimientos de forma autodidacta, o por el contrario hubo alguien
que les ayudó?
Si esta última hipótesis fuese cierta,
también se da verdadera la leyenda del Libro de Thot. En él
los dioses, o seres a quien los antiguos egipcios tomaron por divinidades,
plasmaron los conocimientos necesarios para crear una nueva civilización.
Thot es representado como un ser humano con cabeza de ibis. En sus manos
sostiene una pluma y una paleta con tinta, al igual que el resto de escribas
del país de los faraones. Era el secretario de los dioses, y por
tanto, el encargado de transmitir sus conocimientos a los demás
mortales. Inventó la escritura, y sus signos son un mono y una
luna. Según la antigua tradición egipcia vivió en
la hoy desconocida ciudad de Hermópolis, donde posiblemente acabó
sepultado su preciado libro.
El primer texto conocido donde se hace referencia a este manuscrito es
el papiro de Turis, publicado en París a finales del siglo XVIII.
Aquí se describe el intento de asesinato de un faraón, a
través de fórmulas mágicas extraídas de las
entrañas del Libro de Thot.
El monarca, enojado por la conspiración, mandó quemar el
polémico texto, además de ordenar la ejecución de
cuarenta nobles y ocho damas involucradas en tan turbio asunto. Sin embargo,
si lo que dice la estela Metternich es cierto, la historia anterior debería
ser considerada como falsa.
Descubierta en 1828 y datada en el siglo IV antes de Cristo, narra por
boca del mismísimo dios escriba, como él quemó su
codiciado tesoro tras expulsar de la Tierra a Set, el señor de
las tinieblas, y a siete caballeros del mal. Más tarde, en plena Edad Media son muchos los magos que afirmaron
poseer el famoso libro, del cual extraían sus hechizos y sortilegios.
Entre los saberes que figuraban en este manuscrito, se encontraba la capacidad
de comunicarse con los animales, e incluso las fórmulas necesarias
para resucitar a los muertos. Muchos eran los objetos mágicos que
podían crearse con dicho manual, entre ellos el fabuloso Ankh-en-maat,
un espejo que reflejaba todo lo negativo y pernicioso de aquellos que
se atreviesen a poner su rostro ante él. Otorgaba, además,
la posibilidad de comprender el funcionamiento de la Tierra y las estrellas,
así como el entendimiento de todo lo que podemos considerar como
sobrenatural.
Es normal, por tanto, que fuese una obra muy codiciada. Con algo más de fiabilidad, durante el siglo XVIII sí parece
que oculistas de reconocida fama llegaron a ver una parte de este libro.
El escritor Antoine Court de Gébelin defendió haber tenido
entre sus manos parte del texto egipcio original, y según su relato
éste no era más que la descripción de los arcanos
mayores del tarot.
En el mismo siglo otro conocido experto en ciencias ocultas, Alliete,
llegó incluso a publicar cuatro obras sobre el legado del dios
escriba.
Ninguno pudo demostrar jamás tales hechos, aunque si es
posible que el tarot formara parte del Libro de Thot. No en vano, estas
cartas, como otros tantos artes adivinatorios representan en sí
una cosmogonía. Así, según sean unos u otros los
naipes que salgan en el juego, tendremos a favor o en contra determinadas
fuerzas de la Naturaleza.
Desde el siglo XVIII hasta nuestros días, doscientos años
de silencio. Si el conocimiento de este libro reposa en alguna biblioteca
oculta, su dueño prefiere mantener sus secretos a buen recaudo.
El legado de Salomón
Por desgracia la magia se ha convertido en un esperpéntico teatro.
Desfiles interminables de payasos deambulan por televisión, convirtiendo
a la "caja tonta' en un objeto, aún si cabe, todavía
más inservible.
Sin embargo, y en contra de lo que muchos puedan pensar, la maga fue el
primer intento del hombre por conocer las leyes que rigen el universo
que le rodea. Es por ello que magia y religión van cogidas de la
mano en los albores de la Historia.
De ahí que sacerdotes e iniciados
fueran los guardianes de conocimientos secretos, justo cuando la civilización
daba sus primeros pasos. Un claro ejemplo fue la vida y obras del rey Salomón, tal y como
lo define el Libro de los Reyes: "Salomón fue el mayor de
todos los monarcas de la Tierra en riqueza y sabiduría". A
este personaje, que marcó la Historia de su pueblo, le fueron entregados
por su padre, el rey David, todos los secretos de la Cábala.
Esta doctrina mezcla de magia, Ciencia y Filosofía, concibe el
Universo, no como una creación de Dios, sino como una emanación
directa del Creador. Conociendo, por tanto, los secretos de la Cábala,
podemos controlar todas las energías de la Naturaleza.
A Salomón
le fueron entregados estos saberes, para que los plasmara en un templo
que sirviera de morada a Yahvé.
Hoy, del templo tan sólo
nos queda el famoso Muro de las lamentaciones, centro de culto y objeto
de veneración para todos los judíos. Gracias a estos secretos se crearon también el Arca de la Alianza
o la mesa de los panes, objetos mágicos cargados con una facultad
sobrenatural.
Pudiera tomarse a solfa este tipo de conocimiento, sin embargo el poder
del arca hizo que se derrumbaran los muros de Jericó, los más
grandes y sólidos de la antigüedad.
El mismo Adolf Hitler persiguió este poder dos milenios después,
convencido de que con él podría dominar el mundo. Salomón
era consciente, por tanto, de que él era el último guardián
de este saber oculto. No es descabellado que lo dejase escrito para salvaguardar
a su pueblo.
Así nacieron las Clavículas de Salomón, una de las
obras más perseguidas de la Historia.
Tal y como relataba el erudito
Nicetas Choniates en una de sus obras, aquel que posea el testamento de
Salomón se convertirá en el hombre más poderoso sobre
la faz de la Tierra. la palabra clavículas, viene a significar
"pequeñas claves", y en la portada del libro figuran
las dos columnas que había a la entrada del templo. Sin embargo,
el ser un objeto tan ansiado, hizo que desde antaño gran número
de oculistas afirmaran poseerlo.
Por ello no es extraño encontrarnos
en las librerías gran cantidad de libros con esta portada y mismo
título, No indica que sean, ni mucho menos, las verdaderas clavículas,
sino que son en realidad tratados de magia con poco o ningún fundamento.
Aún así, es posible que hasta nuestros días haya
llegado algún fragmento de esta fabulosa obra. En la Biblioteca
Nacional de París, puede verse un manuscrito de las clavículas
que nada tiene que ver con los ridículos tratados de magia medievales.
Es un texto muy denso que habla de la forma de comunicarse con entidades
superiores, Una buena parte de su contenido la forman grabados geométricos,
que servirían para este tipo de rituales, de la misma forma que
los monjes budistas tibetanos utilizan los mandaras para abrir las puertas
de otra realidad.
Aunque en un principio parezca un absurdo que este texto sea una parte
del legado de Salomón, no se convierte en una idea tan falaz si
estamos versados en cábala judía.
La interpretación de los escritos, según esta antigua tradición,
no es nunca literal. Hay que reinterpretar todas las letras, dándole,
además, a cada una un valor numérico. Tal es la forma que
utilizaban los antiguos cabalistas para encriptar sus textos, y a buen
seguro, la que utilizó el rey de los hebreos.
Esto convierte al mencionado manuscrito en todo un desafío, al
alcance de aquellos que se atrevan a asumirlo. En honor a la verdad, también existieron otras clavículas
que pudieron ser las verdaderas. Pertenecieron al celebre ocultista Eliphas
Levi, y después a Stanislas de Guaita. Su destino final fue una
subasta en el Hotel Drouot de París en el año 1968.
Pero
la identidad de su dueño, que pagó una fortuna por ellas,
es tan desconocida como su contenido.
Los libros malditos
El poder de las letras no es nada despreciable, sobre todo por que en
ellas pueden ir conocimientos con una fuerza que desconocemos. Un caso
singular es la historia de Lafayette Ron Hubbard, conocido escritor de
novelas de ciencia-ficción, nuevamente de moda gracias a la película
Campo de batalla la Tierra, basada en una de sus obras.
Este singular norteamericano cambió radicalmente su forma de pensar
tras sufrir una experiencia de premuerte en la Segunda Guerra Mundial.
Concibió entonces una nueva forma de psicoanálisis, basada
en los engramas. Con esta palabra definía las trabas que de manera
inconsciente arrastramos desde pequeños, marcados por lo que escuchamos
desde que estamos en el vientre dé nuestra madre. Sus teorías,
que no tienen fundamento científico alguno, se plasmaron en una
de las obras más vendidas de la Historia: Dianética.
Con este libro de autoayuda pretendía llevar a los sujetos hasta
un estado psíquico que definió como "claridad".
La primera persona con la que experimentó su novedosa teoría
fue su mujer, que al alcanzar la "claridad" pidió el
divorcio.
Se ve que
algo de razón tenía... Más tarde creó la Iglesia
de la Cienciología, hoy en día considerada una secta. El
caso es que miles de personas siguen fielmente su obra, y Dianética
es el libro de autoayuda más vendido del mundo. Este extraño personaje reunió su vida y recuerdos, en una
obra a la que tituló Excalibur.
Según relata Jacques Bergier en su ensayo, Los libros condenados,
todos los amigos de Hubbard que lo leyeron, haciendo de cobayas, cayeron
en la locura. Esto ha provocado que Excalibur sea la única obra
de Cienciología que no es pública. Pocos son, por tanto,
los que realmente conocen las experiencias de su fundador, aunque viendo
los resultados psíquicos que afrontan quienes las leen, deben ser
de sumo interés.
Este libro no es el único que ha tenido la capacidad de volver
loco a sus lectores. A mediados del siglo XIX, Berbiguer de Terre plasmó
en un manuscrito sus experiencias tras haber sido objeto de una terrible
maldición. Su obra, que llevaba el titulo de Los duendes o todos
los demonios no son del otro mundo, provocaba trastornos mentales a todo
aquel que se atreviera a leerla. De todas formas, es preciso recordar que estos dos casos son excepcionales.
Por lo general el contenido de los libros no hace más que enriquecer
a todos aquellos que se sumergen en su lectura. La verdadera maldición
de los textos nunca tuvo su base en sortilegios nefastos que caían
sobre sus lectores. Más bien recaía en los saberes que guardaban,
demasiado peligrosos para la soberbia de algunos, que no dudaban en pasarlos
por las llamas.
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