Al mirar una escena solemos concentrarnos
en lo que nos interesa, ignorando lo demás.
Pero a diferencia del ojo la cámara muestra todo sin hacer distingos.
Por eso los aficionados suelen sorprenderse cuando aparecen elementos
inesperados en la fotografía que no se habían tenido en cuenta por estar
concentrados en el punto de interés.
Por eso debemos aprender a mirar con la cámara.
Por ejemplo al fotografiar a un grupo de amigos no basta con tener
cuidado de que todos entren y nadie tenga los ojos cerrados, sino que
una vez organizado el grupo debemos mirar por el visor ignorando a los
amigos y examinando el entorno. Un árbol podría parecer una pierna o
brazo extra en las dos dimensiones que tiene la fotografía.
Un muro con dibujos o colores muy aparentes detrás del grupo podría
no ayudar a un buen resultado.
Mediante un enfoque selectivo o cambiando el punto de toma se pueden
evitar estos fallos tan comunes.
Si imaginamos líneas verticales y horizontales dividiendo la imagen
en tercios la intersección entre los dos tercios vertical y horizontal
constituye una buena zona para localizar el punto de interés.
La superposición de volúmenes y la disminución de tamaño, se consigue
alejando o acercando a los sujetos entre sí y se puede emplear para
dar profundidad a una fotografía.
Cuanto más complicado sea el sujeto más importante es determinar el
punto de vista y el ángulo que clarifique la imagen e ilustre exactamente
que es lo que se pretende.
Cuando algo le llame la atención su primer reacción será fotografiarlo
desde la mejor posición de la cámara que pueda encontrar, si la luz
cambia o el sujeto se mueve perderá la oportunidad. No obstante es poco
probable que la primera toma resulte perfecta, por lo que la segunda
reacción será analizar que cualidad hace interesante al sujeto y fotografiarlo
excluyendo elementos irrelevantes de la escena, o probando diferentes
puntos de toma.
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