La fotografía puede reproducir la textura
con tanta fidelidad que a simple vista puede decirse que sensación daría
tocar el objeto fotografiado como por ejemplo la fotografía de una hoja.
En un retrato contrariamente hay que estar atento que el exceso de
detalle no sea demasiado poco favorecedor.
Esta sensación de textura se logra mediante una adecuada iluminación.
En general con una iluminación oblicua directa al sujeto se incrementará
la textura de los detalles más pronunciados.
Con una iluminación oblicua difusa se revela la textura de los detalles
más finos.
Combinando ambas iluminaciones mediante reflectores convenientemente
ubicados de mostrará no solamente los detalles más evidentes sino también
los finos.
Mediante la luz oblicua muchas texturas aparentemente sin interés se
transforman en temas muy decorativos, por ejemplo la rugosidad de una
montaña, un tronco de árbol, o la arena modelada por el agua.
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