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Libro Segundo-Fábulas de Félix M. Samaniego

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¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para adultos?, ¿seríamos realmente capaces de aprender lo que desde hace tanto tiempo venimos enseñando...?...

Desde esa base presentamos esta selección de fábulas para que cada uno extraiga sus propias conclusiones, y para que los adultos reconectemos con la sabiduría y la magia de todo este aprendizaje que nos siguen aportando las cuentos. Vale la pena leerlos con calma y detenimiento. Se recomienda aparcar la prisa y darse una pausa entre una fábula y la siguiente...


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LIBRO SEGUNDO
FÁBULA PRIMERA

1. El león con su ejército

     A Don Javier María de Munive e Maquez, 
     conde de Peñaflorida, director perpetuo 
     de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País
 

Mientras que con la espada en mar y tierra
Los ilustres varones
Engrandecen su fama por la guerra, 
Sojuzgando naciones,
Tú, Conde, con la pluma y el arado, 
Ya enriqueces la patria, ya la instruyes, 
Y haciendo venturosos has ganado
El bien que buscas y el laurel que huyes. 
Con darte todo al bien de los humanos 
No contento tu celo,
Supo unir a los nobles ciudadanos 
Para felicidad del patrio suelo.
La hormiga codiciosa
Trabaja en sociedad fructuosamente, 
Y la abeja oficiosa
Labra siempre ayudada de su gente. 
Así unes a los hombres laboriosos 
Para hacer sus trabajos más fructuosos. 
Aquél viaja observando
Por las naciones cultas;
Éste con experiencias va mostrando 
Las útiles verdades más ocultas.
Cuál cultiva los campos, cuál las ciencias; 
Y de diversos modos,
Juntando estudios, viajes y experiencias,
Resulta el bien en que trabajan todos. 
¡En que trabajan todos! Ya lo dije,
Por más que yo también sea contado. 
El sabio Presidente que nos rige 
Tiene aun al más inútil ocupado. 
Darme, Conde, querías un destino, 
Al contemplarme ocioso e ignorante. 
Era difícil; mas al fin tu tino 
Encontró un genio en mí versificante. 
A Fedro y Lafontaine por modelos 
Me pusiste a la vista,
Y hallaron tus desvelos
Que pudiera ensayarme a fabulista. 
Y pues viene al intento,
Pasemos al ensayo: va de cuento.

El León, rey de los bosques poderoso, 
Quiso armar un ejército famoso. 
Juntó sus animales al instante: 
Empezó por cargar al elefante
Un castillo con útiles, y encima 
Rabiosos lobos, que pusiesen grima. 
Al oso le encargó de los asaltos;
Al mono con sus gestos y sus saltos 
Mandó que al enemigo entretuviese; 
A la Zorra que diese
Ingeniosos ardides al intento.
Uno gritó: «La liebre y el jumento.
Éste por tardo, aquélla por medrosa, 
De estorbo servirán, no de otra cosa.» 
«¿De estorbo? dijo el Rey; yo no lo creo. 
En la liebre tendremos un correo,
Y en el asno mis tropas un trompeta.» 
Así quedó la armada bien completa. 

Tu retrato es el León, Conde prudente, 
Y si a tu imitación, según deseo, 
Examinan los jefes a su gente,
A todos han de dar útil empleo.
¿Por qué no lo han de hacer? ¿Habrá cucaña 
Como no hallar ociosos en España?.
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FÁBULA II

2. La lechera

Llevaba en la cabeza
Una Lechera el cántaro al mercado 
Con aquella presteza,
Aquel aire sencillo, aquel agrado,
Que va diciendo a todo el que lo advierte 
«¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!» 
Porque no apetecía
Más compañía que su pensamiento, 
Que alegre la ofrecía
Inocentes ideas de contento, 
Marchaba sola la feliz Lechera, 
Y decía entre sí de esta manera: 
«Esta leche vendida,
En limpio me dará tanto dinero, 
Y con esta partida
Un canasto de huevos comprar quiero, 
Para sacar cien pollos, que al estío
Me rodeen cantando el pío, pío. 
Del importe logrado
De tanto pollo mercaré un cochino; 
Con bellota, salvado,
Berza, castaña engordará sin tino, 
Tanto, que puede ser que yo consiga 
Ver cómo se le arrastra la barriga.
Llevarélo al mercado,
Sacaré de él sin duda buen dinero; 
Compraré de contado
Una robusta vaca y un ternero, 
Que salte y corra toda la campaña, 
Hasta el monte cercano a la cabaña.»
Con este pensamiento 
Enajenada, brinca de manera, 
Que a su salto violento
El cántaro cayó. ¡Pobre Lechera!
¡Qué compasión! Adiós leche, dinero, 
Huevos, pollos, lechón, vaca y ternero. 
¡Oh loca fantasía!
¡Qué palacios fabricas en el viento! 
Modera tu alegría
No sea que saltando de contento, 
Al contemplar dichosa tu mudanza, 
Quiebre su cantando la esperanza.
No seas ambiciosa
De mejor o más próspera fortuna, 
Que vivirás ansiosa
Sin que pueda saciarte cosa alguna.
No anheles impaciente el bien futuro; 
Mira que ni el presente está seguro.





 
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FÁBULA III

3. El asno sesudo

Cierto Burro pacía
En la fresca y hermosa pradería
Con tanta paz como si aquella tierra 
No fuese entonces teatro de la guerra. 
Su dueño, que con miedo lo guardaba, 
De centinela en la ribera estaba. 
Divisa al enemigo en la llanura,
Baja, y al buen Borrico le conjura 
Que huya precipitado.
El Asno, muy sesudo y reposado, 
Empieza a andar a paso perezoso. 
Impaciente su dueño y temeroso 
Con el marcial ruido
De bélicas trompetas al oído,
Le exhorta con fervor a la carrera. 
«¡Yo correr! dijo el Asno, bueno fuera; 
Que llegue en hora buena Marte fiero; 
Me rindo, y él me lleva prisionero. 
¿Servir aquí o allí no es todo uno?
¿Me pondrán dos albardas? No, ninguno.
Pues nada pierdo, nada me acobarda; 
Siempre seré un esclavo con albarda.» 
No estuvo más en sí ni más entero 
Que el buen Pollino Amiclas el Barquero, 
Cuando en su humilde choza le despierta 
César, con sus soldados a la puerta,
Para que a la Calabria los guiase.
¿Se podría encontrar quien no temblase 
Entre los poderosos
De insultos militares horrorosos 
De la guerra enemiga?
No hay sino la pobreza que consiga 
Esta gran exención: de aquí le viene. 

Nada teme perder quien nada tiene.
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FÁBULA IV

4. El zagal y las ovejas

Apacentando un joven su ganado, 
Gritó desde la cima de un collado: 
«¡Favor! que viene el lobo, labradores.» 
Éstos, abandonando sus labores, 
Acuden prontamente,
Y hallan que es una chanza solamente. 
Vuelve a clamar, y temen la desgracia; 
Segunda vez los burla. ¡Linda gracia! 
Pero ¿qué sucedió la vez tercera?
Que vino en realidad la hambrienta fiera. 
Entonces el Zagal se desgañita,
Y por más que patea, llora y grita, 
No se mueve la gente escarmentada, 
Y el lobo le devora la manada.

¡Cuántas veces resulta de un engaño, 
Contra el engañador el mayor daño! 


 
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FÁBULA V

5. La águila, la corneja y la tortuga

A una Tortuga una Águila arrebata;
La ladrona se apura y desbarata 
Por hacerla pedazos,
Ya que no con la garra, a picotazos. 
Viéndola una Corneja en tal,faena, 
La dice: «En vano tomas tanta pena: 
¿No ves que es la Tortuga, cuya casa 
Diente, cuerno ni pico la traspasa, 
Y si siente que llaman a su puerta,
Se finge la dormida, sorda o muerta?»
«Pues ¿qué he de hacer?» «Remontarás tu vuelo,
Y en mirándote allá cerca del cielo 
La dejarás caer sobre un peñasco,
Y se hará una tortilla el duro casco.» 
La Águila, porque diestra lo ejecuta, 
Y la Comeja astuta,
Por autora de aquella maravilla, 
juntamente comieron la tortilla.

¿Qué podrá resistirse a un poderoso 
Guiado de un consejo malicioso?
De estos tales se aparta el que es prudente; 
Y así por escaparse de esta gente
Las descendientes de la tal Tortuga 
A cuevas ignoradas hacen fuga.
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FÁBULA VI

6. El lobo y la cigüeña

Sin duda alguna que se hubiera ahogado 
Un Lobo con un hueso atragantado,
Si a la sazón no pasa una Cigüeña. 
El paciente la ve, hácela seña; 
Llega, y ejecutiva,
Con su pico, jeringa primitiva, 
Cual diestro cirujano,
Hizo la operación y quedó sano. 
Su salario pedía,
Pero el ingrato Lobo respondía:
«<Tu salario? Pues ¿qué más recompensa 
Que el no haberte causado leve ofensa, 
Y dejarte vivir para que cuentes
Que pusiste tu vida entre mis dientes?»
Marchó por evitar una desdicha, 
Sin decir tus ni mus, la susodicha. 

Haz bien, dice el proverbio castellano, 
Y no sepas a quién; pero es muy llano 
Que no tiene razón ni por asomo: 
Es menester saber a quién y cómo. 
El ejemplo siguiente
Nos hará esta verdad más evidente. 
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FÁBULA VII

7. El hombre y la culebra

A una Culebra que, de frío yerta, 
En el suelo yacía medio muerta
Un labrador cogió; mas fue tan bueno, 
Que incautamente la abrigó en su seno. 
Apenas revivió, cuando la ingrata
A su gran bienhechor traidora mata.
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FÁBULA VIII

8. El pájaro herido de una flecha

Un Pájaro inocente,
Herido de una flecha 
Guarnecida de acero 
Y de plumas ligeras, 
Decía en su lenguaje 
Con amargas querellas: 
«¡Oh crueles humanos! 
Más crueles que fieras, 
Con nuestras propias alas, 
Que la naturaleza
Nos dio, sin otras armas 
Para propia defensa, 
Forjáis el instrumento 
De la desdicha nuestra, 
Haciendo que inocentes 
Prestemos la materia.
Pero no, no es extraño 
Que así bárbaros sean 
Aquellos que en su ruina 
Trabajan, y no cesan. 
Los unos y otros fraguan 
Armas para la guerra,
Y es dar contra sus vidas 
Plumas para las flechas.»
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FÁBULA IX

9. El pescador y el pez

Recoge un Pescador su red tendida, 
Y saca un pececillo. «Por tu vida, 
Exclamó el inocente prisionero, 
Dame la libertad: sólo la quiero, 
Mira que no te engaño,
Porque ahora soy ruín; dentro de un año 
Sin duda lograrás el gran consuelo
De pescarme más grande que mi abuelo. 
¡Qué! ¿te burlas? ¿te ríes de mi llanto? 
Sólo por otro tanto
A un hermanito mío
Un Señor pescador lo tiró al río.» 
«¿Por otro tanto al río? ¡qué manía! 
Replicó el pescador: ¿pues no sabía 
Que el refrán castellano
Dice: ¡Más vale pájaro en la mano...! 
A sartén te condeno; que mi panza 
No se llena jamás con la esperanza.»
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FÁBULA X

10. El gorrión y la liebre

Un maldito Gorrión así decía
A una Liebre que una Águila oprimía: 
«No eres tú tan ligera,
Que si el perro te sigue en la carrera, 
Lo acarician y alaban como al cabo 
Acerque sus narices a tu rabo?
Pues empieza a correr, ¿qué te detiene?» 
De este modo la insulta, cuando viene 
El diestro Gavilán y la arrebata.
El preso chilla, el prendedor lo mata; 
Y la Liebre exclamó: «Bien merecido. 
¿Quién te mandó insultar al afligido, 
Y a más, a más meterte a consejero, 
No sabiendo mirar por ti primero?» 
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FÁBULA XI

11. Júpiter y la tortuga

A las bodas de Júpiter estaban 
Todos los animales convidados: 
Unos y otros llegaban
A la fiesta nupcial apresurados.
No faltaba a tan grande concurrencia 
Ni aun la reptil y más lejana oruga, 
Cuando llega muy tarde y con paciencia, 
A paso perezoso, la Tortuga.
Su tardanza reprende el dios airado, 
Y ella le respondió sencillamente: 
«Si es mi casita mi retiro amado, 
¿Cómo podré dejarla prontamente?» 
Por tal disculpa Júpiter tonante, 
Olvidando el indulto de las fiestas, 
La ley del caracol le echó al instante, 
Que es andar con la casa siempre a cuestas.
Gentes machuchas hay que hacen alarde 
De que aman su retiro con exceso;
Pero a su obligación acuden tarde: 
Viven como el ratón dentro del queso. 
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FÁBULA XII

12. El charlatan

«Si cualquiera de ustedes
Se da por las paredes 
O arroja de un tejado, 
Y queda, a buen librar, descostillado, 
Yo me reiré muy bien: importa un pito, 
Como tenga mi bálsamo exquisito.» 
Con esta relación un chacharero
Gana mucha opinión y más dinero; 
Pues el vulgo, pendiente de sus labios,
Más quiere a un Charlatán que a veinte sabios. 
Por esta conveniencia
Los hay el día de hoy en toda ciencia, 
Que ocupan, igualmente acreditados, 
Cátedras, academias y tablados. 
Prueba de esta verdad será un famoso 
Doctor en elocuencia, tan copioso 
En charlatanería,
Que ofreció enseñaría
A hablar discreto con fecundo pico,
En diez años de término, a un borrico. 
Sábelo el Rey; lo llama, y al momento 
Le manda dé lecciones a un jumento; 
Pero bien entendido
Que sería, cumpliendo lo ofrecido, 
Ricamente premiado;
Mas cuando no, que moriría ahorcado. 
El doctor asegura nuevamente
Sacar un orador asno elocuente. 
Dícele callandito un cortesano: 
«Escuche, buen hermano;
Su frescura me espanta:
A cáñamo me huele su garganta.» 
«No temáis, señor mío,
Respondió el Charlatán, pues yo me río. 
¿En diez años de plazo que tenemos, 
El Rey, el asno o yo no moriremos?» 

Nadie encuentra embarazo
En dar un largo plazo
A importantes negocios; mas no advierte 
Que ajusta mal su cuenta sin la muerte.
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FÁBULA XIII

13. El milano y las palomas

A las tristes Palomas un Milano,
Sin poderlas pillar, seguía en vano; 
Mas él a todas horas
Servía de lacayo a estas señoras.
Un día, en fin, hambriento e ingenioso, 
Así las dice: «¿Amáis vuestro reposo, 
Vuestra seguridad y conveniencia? 
Pues creedme en mi conciencia:
En lugar de ser yo vuestro enemigo, 
Desde ahora me obligo,
Si la banda por rey me aclama luego, 
A tenerla con sosiego,
Sin que de garra o pico tema agravio; 
Pues tocante a la paz seré un Octavio.» 
Las sencillas palomas consintieron;
Aclamándole por rey, «Viva, dijeron, 
Nuestro rey el Milano.»
Sin esperar a más, este tirano 
Sobre un vasallo mísero se planta; 
Déjalo con el viva en la garganta; 
Y continuando así sus tiranías, 
Acabó con el reino en cuatro días.

Quien al poder se acoja de un malvado 
Será, en vez de feliz, un desdichado.
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FÁBULA XIV

14. Las dos ranas

Tenían dos Ranas
Sus pastos vecinos, 
Una en un estanque, 
Otra en el camino. 
Cierto día a ésta 
Aquélla la dijo:
«¡Es creíble, amiga, 
De tu mucho juicio, 
Que vivas contenta 
Entre los peligros, 
Donde te amenazan, 
Al paso preciso, 
Los pies y las ruedas 
Riesgos infinitos!
Deja tal vivienda; 
Muda de destino; 
Sigue mi dictamen 
Y vente conmigo.» 
En tono de mofa, 
Haciendo mil mimos, 
Respondió a su amiga: 
«¡Excelente aviso!
¡A mí novedades! 
Vaya, ¡qué delirio! 
Eso sí que fuera 
Darme el diablo ruido. 
¡Yo dejar la casa
Que fue domicilio 
De padres, abuelos 
Y todos los míos, 
Sin que haya memoria 
De haber sucedido 
La menor desgracia 
Desde luengos siglos!» 
«Allá te compongas; 
Mas ten entendido 
Que tal vez sucede
Lo que no se ha visto.» 
Llegó una carreta
A este tiempo mismo, 
Y a la triste Rana 
Tortilla la hizo.

Por hombres de seso 
Muchos hay tenidos, 
Que a nuevas razones 
Cierran los oídos. 
Recibir consejos
Es un desvarío;
La rancia costumbre 
Suele ser su libro.
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FÁBULA XV

15. El parto de los montes

Con varios ademanes horrorosos
Los montes de parir dieron señales; 
Consintieron los hombres temerosos 
Ver nacer los abortos más fatales. 
Después que con bramidos espantosos 
Infundieron pavor a los mortales,
Estos montes, que al mundo estremecieron, 
Un ratoncillo fue lo que parieron.

Hay autores que en voces misteriosas 
Estilo fanfarrón y campanudo
Nos anuncian ideas portentosas;
Pero suele a menudo
Ser el gran parto de su pensamiento, 
Después de tanto ruido sólo viento.
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FÁBULA XVI

16. Las ranas pidiendo rey

Sin Rey vivía, libre, independiente,
El pueblo de las Ranas felizmente. 
La amable libertad sola reinaba
En la inmensa laguna que habitaba; 
Mas las Ranas al fin un Rey quisieron, 
A Júpiter excelso lo pidieron; 
Conoce el dios la súplica importuna, 
Y arroja un Rey de palo a la laguna: 
Debió de ser sin duda buen pedazo, 
Pues dio su majestad tan gran porrazo, 
Que el ruido atemoriza al reino todo; 
Cada cual se zambulle en agua o lodo, 
Y quedan en silencio tan profundo 
Cual si no hubiese ranas en el mundo. 
Una de ellas asoma la cabeza,
Y viendo a la real pieza,
Publica que el monarca es un zoquete.
Congrégase la turba, y por juguete
Lo desprecian, lo ensucian con el cieno, 
Y piden otro Rey, que aquél no es bueno.
El padre de los dioses, irritado,
Envía a un culebrón, que a diente airado
Muerde, traga, castiga,
Y a la mísera grey al punto obliga 
A recurrir al dios humildemente. 
«Padeced, les responde, eternamente; 
Que así castigo a aquel que no examina 
Si su solicitud será su ruina.»
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FÁBULA XVII

17. El asno y el caballo

«¡Ah! ¡quién fuese Caballo!
Un Asno melancólico decía; 
Entonces sí que nadie me vería 
Flaco, triste y fatal como me hallo. 
Tal vez un caballero
Me mantendría ocioso y bien comido, 
Dándose su merced por muy servido 
Con corvetas y saltos de carnero.
Trátanme ahora como vil y bajo; 
De risa sirve mi contraria suerte; 
Quien me apalea más, más se divierte, 
Y menos como cuando más trabajo.
No es posible encontrar sobre la tierra 
Infeliz como yo.» Tal se juzgaba, 
Cuando al Caballo ve cómo pasaba, 
Con su jinete y armas, a la guerra.
Entonces conoció su desatino, 
Rióse de corvetas y regalos,
Y dijo: «Que trabaje y lluevan palos, 
No me saquen los dioses de Pollino.»
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FÁBULA XVIII

18. El cordero y el lobo

Uno de los corderos mamantones, 
Que para los glotones
Se crían, sin salir jamás al prado, 
Estando en la cabaña muy cerrado, 
Vio por una rendija de la puerta 
Que el caballero Lobo estaba alerta, 
En silencio esperando astutamente 
Una calva ocasión de echarle el diente. 
Mas él, que bien seguro se miraba, 
Así lo provocaba:
«Sepa usted, señor Lobo, que estoy preso,
Porque sabe el pastor que soy travieso; 
Mas si él no fuese bobo,
No habría ya en el mundo ningún Lobo. 
Pues yo corriendo libre por los cerros, 
Sin pastores ni perros,
Con sólo mi pujanza y valentía 
Contigo y con tu raza acabaría.» 
«Adiós, exclamó el Lobo, mi esperanza
De regalar a mi vacía panza. 
Cuando este miserable me provoca 
Es señal de que se halla de mi boca 
Tan libre como el cielo de ladrones.» 

Así son los cobardes fanfarrones,
Que se hacen en los puestos ventajosos 
Más valentones cuanto más medrosos. 
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FÁBULA XIX

19. Las cabras y los chivos

Desde antaño en el mundo
Reina el vano deseo 
De parecer iguales
A los grandes señores los plebeyos. 
Las Cabras alcanzaron
Que Júpiter excelso 
Les diese barba larga 
Para su autoridad y su respeto. 
Indignados los Chivos
De que su privilegio
Se extendiese a las Cabras,
Lampiñas con razón en aquel tiempo, 
Sucedió la discordia
Y los amargos celos 
A la paz octaviana 
Con que fue gobernado el barbón pueblo. 
Júpiter dijo entonces,
Acudiendo al remedio:
«¿Qué importa que las Cabras 
Disfruten un adorno propio vuestro 
Si es mayor ignominia
De su vano deseo, 
Siempre que no igualaren 
En fuerzas y valor a vuestro cuerpo?» 

El mérito aparente
Es digno de desprecio; 
La virtud solamente
Es del hombre el ornato verdadero.
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FÁBULA XX

20. El caballo y el ciervo

Perseguía un Caballo vengativo
A un Ciervo que le hizo leve ofensa; 
Mas hallaba segura la defensa
En veloz carrera el fugitivo.
El vengador, perdida la esperanza 
De alcanzarlo, y lograr así su intento, 
Al hombre le pidió su valimiento 
Para tomar del ofensor venganza.
Consiente el hombre, y el Caballo airado 
Sale con su jinete a la campaña;
Corre con dirección, sigue con maña, 
Y queda al fin del ofensor vengado. 
Muéstrase al bienhechor agradecido; 
Quiere marcharse libre de su peso;
Mas desde entonces mismo quedó preso, 
Y eternamente al hombre sometido.

El Caballo que suelto y rozagante 
En el frondoso bosque y prado ameno 
Su libertad gozaba tan de lleno, 
Padece sujeción desde ese instante.
Oprimido del yugo ara la tierra; 
Pasa tal vez la vida más amarga; 
Sufre la silla, freno, espuela, carga, 
Y aguanta los horrores de la guerra.
En fin perdió la libertad amable 
Por vengar una ofensa solamente. 
Tales los frutos son que ciertamente 
Produce la venganza detestable.




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