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Libro Séptimo-Fábulas de Félix M. Samaniego

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¿Y si las historias para niños fueran de lectura obligatoria para adultos?, ¿seríamos realmente capaces de aprender lo que desde hace tanto tiempo venimos enseñando...?...

Desde esa base presentamos esta selección de fábulas para que cada uno extraiga sus propias conclusiones, y para que los adultos reconectemos con la sabiduría y la magia de todo este aprendizaje que nos siguen aportando las cuentos. Vale la pena leerlos con calma y detenimiento. Se recomienda aparcar la prisa y darse una pausa entre una fábula y la siguiente...


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LIBRO SEPTIMO
FÁBULA I

1.El raposo enfermo

El tiempo, que consume de hora 
en hora Los fuertes murallones elevados,
Y lo mismo devora 
Montes agigantados,
A un Raposo quitó de día en día 
Dientes, fuerza, valor, salud; de suerte 
Que él mismo conocía
Que se hallaba en las garras de la muerte.
Cercado de parientes y de amigos, 
Dijo en trémula voz y lastimera:
«!Oh vosotros, testigos 
De mi hora postrera,
Atentos escuchad un desengaño! 
Mis ya pasadas culpas me atormentan, 
Ahora, conjuradas en mi daño,
¿No veis cómo a mi lado se presentan? 
Mirad, mirad los gansos inocentes 
Con su sangre teñidos,
Y los pavos en partes diferentes, 
Al furor de mis garras, divididos. 
Apartad esas aves que aquí veo, 
Y me piden sus pollos devorados:
Su infernal cacareo
Me tiene los oídos penetrados.»
Los raposos le afirman con tristeza, 
No sin lamerse labios y narices: 
«Tienes debilitada la cabeza;
Ni una pluma se ve de cuanto dices.
Y bien lo puedes creer, que si se viese...» 
«¡Oh glotones! callad; ya, ya os entiendo, 
El enfermo exclamó; ¡si yo pudiese 
Corregir las costumbres cual pretendo!
¿No sentís que los gustos,
Si son contra la paz de la conciencia, 
Se cambian en disgustos?
Tengo de esta verdad gran experiencia.
Expuestos a las trampas y a los perros, 
Matáis y perseguís a todo trapo,
En la aldea gallinas, y en los cerros 
Los inocentes lomos del gazapo. 
Moderad, hijos míos, las pasiones; 
Observad vida quieta y arreglada,
Y con buenas acciones
Ganaréis opinión muy estimada.» 
«Aunque nos convirtamos en corderos, 
Le respondió un oyente sentencioso, 
Otros han de robar los gallineros
A costa de la fama del Raposo. 
Jamás se cobra la opinión perdida: 
Esto es lo uno. A más, ¿usted pretende 
Que mudemos de vida?
Quien malas mañas ha... ya usted me entiende.» 
«Sin embargo, hermanito, crea, crea...
El enfermo le dijo. Mas ¡qué siento!... 
¿No oís que una gallina cacarea? 
Esto sí que no es cuento.»
Adiós, sermón; escápase la gente. 
El enfermo orador esfuerza el grito:
«¿Os vais, hermanos? Pues tened presente 
Que no me haría daño algún pollito.»
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FÁBULA II

2.Las exequias de la leona

En su regia caverna, inconsolable
El rey león yacía, 
Porque en el mismo día
Murió ¡cruel dolor! su esposa amable. 
A palacio la corte toda llega,
Y en fúnebre aparato se congrega. 
En la cóncava gruta resonaba 
Del triste rey el doloroso llanto; 
Allí los cortesanos entre tanto 
También gemían porque el rey lloraba; 
Que si el viudo monarca se riera,
La corte lisonjera
Trocara en risa el lamentable paso. 
Perdone la difunta: voy al caso. 
Entre tanto sollozo
El ciervo no lloraba, yo lo creo; 
Porque, lleno de gozo,
Miraba ya cumplido su deseo. 
La tal reina le había devorado 
Un hijo y la mujer al desdichado.
El ciervo, en fin, no llora; 
El concurso lo advierte:
El monarca lo sabe, y en la hora 
Ordena con furor darle la muerte. 
«¿Cómo podré llorar, el ciervo dijo, 
Si apenas puedo hablar de regocijo? 
Ya disfruta, gran rey, más venturosa, 
Los Elíseos Campos vuestra esposa: 
Me lo ha revelado, a la venida, 
Muy cerca de la gruta aparecida.
Me mandó lo callase algún momento, 
Porque gusta mostréis el sentimiento.» 
Dijo así; y el concurso cortesano 
Aclamó por milagro la patraña.
El ciervo consiguió que el soberano 
Cambiase en amistad su fiera saña.

Los que en la indignación han incurrido 
De los grandes señores
A veces su favor han conseguido 
Con ser aduladores.
Mas no por esto advierto
Que el medio sea justo; pues es cierto 
Que a más príncipes vicia
La adulación servil que la malicia. 





 
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FÁBULA III

3.El poeta y la rosa

Una fresca mañana,
En el florido campo 
Un Poeta buscaba 
Las delicias de mayo. 
Al peso de las flores
Se inclinaban los ramos, 
Como para ofrecerse 
Al huésped solitario. 
Una Rosa lozana, 
Movida al aire blando, 
Le llama, y él se acerca; 
La toma, y dice ufano: 
«Quiero, Rosa, que vayas 
No más que por un rato 
A que la hermosa Clori 
Te reciba en su mano. 
Mas no, no, pobrecita; 
Que si vas a su lado, 
Tendrás de su hermosura 
Unos celos amargos. 
Tu suave fragancia,
Tu color delicado,
El verdor de tus hojas 
Y tus pimpollos caros 
Entre estas florecillas 
Pueden ser alabados; 
Mas junto a Clori bella, 
Es locura pensarlo. 
Marchita, cabizbaja, 
Te irías deshojando, 
Hasta parar tu vida
En un desnudo cabo.»
La Rosa, que hasta entonces 
No despegó sus labios,
Le dijo, resentida: 
«Poeta chabacano, 
Cuando a un héroe quieras 
Coronar con el lauro,
Del jardín de sus hechos 
Has de cortar los ramos. 
Por labrar su corona,
No es justo que tus manos 
Desnuden otras sienes
Que la virtud y el mérito adornaron.» 
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FÁBULA IV

4.El búho y el hombre

Vivía en un granero retirado
Un reverendo Búho, dedicado 
A sus meditaciones,
Sin olvidar la caza de ratones.
Se dejaba ver poco, mas con arte: 
Al Gran Turco imitaba en esta parte. 
El dueño del granero
Por azar advirtió que en un madero 
El pájaro nocturno
Con gravedad estaba taciturno. 
El Hombre le miraba y se reía; 
«¡Qué carita de pascua! le decía; 
¿Puede haber más ridículo visaje? 
Vaya, que eres un raro personaje. 
¿Por qué no has de vivir alegremente 
Con la pájara gente,
Seguir desde la aurora 
A la turba canora
De jilgueros, calandrias, ruiseñores, 
Por valles, fuentes, árboles y flores?» 
«Piensas a lo vulgar, eres un necio, 
Dijo el solemne Búho con desprecio;
Mira, mira, ignorante,
A la sabiduría en mi semblante: 
Mi aspecto, mi silencio, mi retiro, 
Aun yo mismo lo admiro.
Si rara vez me digno, como sabes, 
De visitar la luz, todas las aves 
Me siguen y rodean: desde luego 
Mi mérito conocen, no lo niego.» 
«¡Ah tonto presumido!,
El Hombre dijo así; ten entendido 
Que las aves, muy lejos de admirarte, 
Te siguen y rodean por burlarte.
De ignorante orgulloso te motejan,
Como yo a aquellos hombres que se alejan 
Del trato de las gentes,
Y con extravagancias diferentes 
Han llegado a doctores en la ciencia 
De ser sabios no más que en la apariencia.» 
De esta suerte de locos
Hay hombres como búhos, y no pocos. 


 
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FÁBULA V

5.La mona

Subió una Mona a un nogal. 
Y cogiendo una nuez verde, 
En la cáscara la muerde;
Con que la supo muy mal. 
Arrojóla el animal,
Y se quedó sin comer. 

Así suele suceder
A quien su empresa abandona. 
Porque halla, como la mona, 
Al principio qué vencer.
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FÁBULA VI

6.Esopo y un ateniense

Cercado de muchachos
Y jugando a las nueces, 
Estaba el viejo Esopo 
Más que todos alegre. 
«¡Ah pobre! ya chochea», 
Le dijo un Ateniense. 
En respuesta, el anciano 
Coge un arco que tiene 
La cuerda floja, y dice: 
«Ea, si es que lo entiendes, 
Dime, ¿qué significa
El arco de esta suerte?» 
Lo examina el de Atenas, 
Piensa, cavila, vuelve,
Y se fatiga en vano
Pues que no lo comprende.
El frigio victorioso
Le dijo: «Amigo, advierte 
Que romperás el arco 
Si está tirante siempre; 
Si flojo, ha de servirte 
Cuando tú lo quisieres.»

Si al ánimo estudioso 
Algún recreo dieren, 
Volverá a sus tareas 
Mucho más útilmente. 
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FÁBULA VII

7.Demetrio y Menandro

Si te falta el buen nombre,
Fabio, en vano presumes
Que en el mundo te tengan por grande hombre,
Sin más que por tus galas y perfumes. 

Demetrio el Faleriano se apodera
De Atenas, y aunque fue con tiranía, 
De agradable manera
Los del vulgo le aclaman a porfía. 
Los grandes y los nobles distinguidos 
Con fingido placer la mano besan 
Que los tiene oprimidos;
Aun a los que en el ocio se embelesan, 
Y la poltrona gente
Los arrastra el temor al cumplimiento. 
Con ellos va Menandro juntamente, 
Dramático escritor de gran talento, 
Cuyas obras leyó, sin conocerle, 
Demetrio. Con perfumes olorosos
Y pasos afectados entra. Al verle 
Llegar entre los tardos perezosos,
El nuevo Arconte prorrumpió, enojado: 
«Con qué valor se pone en mi presencia 
Ese hombre afeminado?»
«Señor, le respondió la concurrencia, 
Es Menandro el autor.» Al punto muda 
De semblante el tirano;
Al escritor saluda,
Y con grata expresión le da la mano.
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FÁBULA VIII

8.Las hormigas

Lo que hoy las Hormigas son, 
Eran los hombres antaño:
De lo propio y de lo extraño 
Hacían su provisión. 
Júpiter, que tal pasión 
Notó de siglos atrás,
No pudiendo aguantar más, 
En hormigas los transforma: 
Ellos mudaron de forma; 
¿Y de costumbres? Jamás.
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FÁBULA IX

9.Los gatos escrupulosos

A las once y aun más de la mañana 
La cocinera Juana,
Con pretexto de hablar a la vecina, 
Se sale, cierra, y deja en la cocina 
A Micifuf y Zapirón hambrientos.
Al punto, pues no gastan cumplimientos 
Gatos enhambrecidos,
Se avanzan a probar de los cocidos. 
«¡Fu, dijo Zapirón, maldita olla! 
¡Cómo abrasa! Veamos esa polla 
Que está en el asador lejos del fuego.» 
Ya también escaldado, desde luego 
Se arrima Micifuf, y en un instante 
Muestra cada trinchante
Que en el arte cisoria, sin gran pena, 
Pudiera dar lecciones a Villena. 
Concluido el asunto,
El señor Micifuf tocó este punto. 
Utrum si se podía o no en conciencia 
Comer el asador. «¡Oh qué demencia! 
Exclamó Zapirón en altos gritos, 
¡Cometer el mayor de los delitos! 
¿No sabes que el herrero
Ha llevado por él mucho dinero, 
Y que, si bien la cosa se examina,
Entre la batería de cocina
No hay un mueble más serio y respetable? 
Tu pasión te ha engañado, miserable.» 
Micifuf en efecto
Abandonó el proyecto; 
Pues eran los dos Gatos 
De suerte timoratos, 
Que si el diablo, tentando sus pasiones, 
Les pusiese asadores a millones
(No hablo yo de las pollas), o me engaño, 
O no comieran uno en todo el año.

De otro modo

¡Qué dolor! por un descuido 
Micifuf y Zapirón
Se comieron un capón, 
En un asador metido. 
Después de haberse lamido, 
Trataron en conferencia
Si obrarían con prudencia 
En comerse el asador. 
¿Le comieron? No señor. 
Era caso de conciencia.
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FÁBULA X

10.El águila y la asamblea de los animales

Todos los animales cada instante 
Se quejaban a Júpiter tonante
De la misma manera
Que si fuese un alcalde de montera. 
El Dios, y con razón, amostazado 
Viéndose importunado,
Por dar fin de una vez a las querellas, 
En lugar de sus rayos y centellas, 
De receptor envía desde el cielo
Al Águila rapante, que de un vuelo 
En la tierra juntó los animales
Y expusieron en suma cosas tales. 
Pidió el león la astucia del raposo, 
Este de aquél lo fuerte y valeroso; 
Envidia la paloma al gallo fiero,
El gallo a la paloma lo ligero. 
Quiere el sabueso patas más felices, 
Y cuenta como nada sus narices. 
El galgo lo contrario solicita;
Y en fin, cosa inaudita,
Los peces, de las ondas ya cansados, 
Quieren probar los bosques y los prados; 
Y las bestias, dejando sus lugares,
Surcar las olas de los anchos mares. 
Después de oírlo todo,
El Águila concluye de éste modo: 
«¿Tes, maldita caterva impertinente, 
Que entre tanto viviente
De uno y otro elemento, 
Pues nadie está contenta, 
No se encuentra feliz ningún destino? 
Pues ¿para qué envidiar el del vecino?» 
Con sólo este discurso,
Aun el bruto mayor de aquel concurso 
Se dio por convencido.

De modo que es sabido
Que ya sólo se matan los humanos 
En envidiar la suerte a sus hermanos.
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FÁBULA XI

11.La paloma

Un pozo pintado vio 
Una Paloma sedienta: 
Tiróse a él tan violenta, 
Que contra la tabla dio. 
Del golpe, al suelo cayó, 
Y allí muere de contado. 

De su apetito guiado, 
Por no consultar al juicio, 
Así vuela al precipicio 
El hombre desenfrenado.
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FÁBULA XII

12.El chivo afeitado

«Vaya una quisicosa.
Si aciertas, Juana hermosa,
Cuál es el animal más presumido, 
Que rabia por hacerse distinguido 
Entre sus semejantes,
Te he de regalar un par de guantes. 
No es el pavón, ni el gallo,
Ni el león, ni el caballo;
Y así, no me fatigues coa demandas.» 
«¿Será tal vez... el mono?» «Cerca le andas.» 
«¿El mico?» «Que te quemas;
Pero no acertarás: no, no lo temas. 
Déjalo, no te canses el caletre.
Yo te diré cuál es: el Petimetre.» 
Este vano orgulloso
Pierde tiempo, doblones y reposo 
En hacer distinguida su figura. 
No para en los adornos su locura; 
Hace estudio de gestos y de acciones
A costa de violentas contorsiones. 
De perfumes va siempre prevenido;
No quiere oler a hombre ni en descuido. 
Que mire, marche o hable,
En todo busca hacerse remarcable. 
¿Y qué consigue? Lo que todo necio: 
Cuanto más se distingue, más desprecio. 
En la historia siguiente yo me fundo.
Un Chivo, como muchos en el mundo, 
Vano extremadamente,
Se miraba al espejo de una fuente. 
«¡Qué lástima, decía,
Que esté mi juventud y lozanía 
Por siempre disfrazada
Debajo de esta barba tan poblada!
¿Y cuándo? Cuando en todas las naciones 
No tienen ni aun bigotes los varones; 
Pues ya cuentan que son los moscovitas, 
Si barbones ayer, hoy señoritas.
¡Qué cabrunos estilos tan groseros!
A bien que estoy en tierra de barberos.» 
La historia fue en Tetuán, y todo el día 
La barberil guitarra se sentía,
El Chivo fue, guiado de su tono, 
A la tienda de un mono, 
Barberillo afamado,
Que afeitó al señorito de contado. 
Sale barbilampiño a la campaña. 
Al ver una figura tan extraña,
No hubo perro ni gato
Que no le hiciese burla al mentecato. 
Los chivos le desprecian de manera,
Que no hay más que decir. ¡Quién lo creyera! 
Un respetable macho
Dicen que rió como un muchacho. 




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