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  ¿Son Milagros las Curas Milagrosas?




El periódico Vossische Zeitung, editado en Berlín, comunicaba el 22 de junio de 1772 que París estaba conmovida desde hacía algunos días por ciertos casos extraños: «Un campesino llegado aquí procedente de Alemania ha recibido del cielo, según se dice, el poder de curar todas las enfermedades mediante el simple sistema de colocar las manos sobre el mal. Es incomprensible la confianza que el pueblo llano ha concedido a este farsante. La calle donde vive se ve atestada noche y día por una gran multitud de enfermos que acuden para ser curados.»

  Los informes sobre «curaciones milagrosas» se encuentran ya en las crónicas más antiguas.
En la antigua Francia la curación milagrosa era una prerrogativa de los reyes. En siglos posteriores existieron famosos charlatanes que dieron mucho que hablar. Las masas siguieron al farsante Alejandro conde de Cagliostro, que en realidad se llamaba Beppo Balsamo; conforme a las indicaciones del antiguo calcetero Weisleder, expusieron las partes achacosas de sus cuerpos a los rayos de la luna; tampoco les importó que Gassner, en Ellwangen, el sacerdote de los milagros, un contemporáneo de Cagliostro, les sacara el diablo del cuerpo con gran acompañamiento de gritos y gestos; y también tuvieron confianza en Zeileis, en Gallspach, un «terapeuta de alta frecuencia» que prometía curar a sus pacientes con una varita mágica que emitía chispas.

Estos ejemplos ya son un poco antiguos. Pero la confianza en los curanderos tampoco ha perdido fuerza en nuestros días. Pensemos, por ejemplo, en el caso Gróning. Dio que hablar por primera vez en 1949, en Herford (Westfa-lia). Lo que decía a las gentes estaba en concordancia con las tesis de la fundadora de Christian Science, Mary Ba-ker-Eddy, que intentaba despertar en sus creyentes la voluntad de curarse. Pero Gróning no solamente pronunciaba discursos, sino que también repartía pequeñas bolsas de papel de estaño de las que más de un enfermo afirmaba que, después de haberlas tocado, le habían producido a través del cuerpo una «corriente caliente». Gróning también llevaba a cabo tratamientos individuales durante los que, mediante su influencia sugestiva, trataba de despertar determinados procesos anímicos a través de la propia voluntad del paciente.

Con esta descripción hemos llegado ya al núcleo de la cuestión. Porque el milagro de la curación milagrosa sólo consiste en una pequeña parte en la influencia exterior de un «curandero», ejercida mediante palabras, actos o medicinas de la clase que sean. Lo verdaderamente decisivo es el poder del espíritu del paciente sobre su cuerpo. Stefan Zweig expresó así su opinión: «Si valoramos correctamente estas aparentes curaciones milagrosas en su aspecto psicológico, no son realmente tan maravillosas; es muy probable y casi seguro que desde el comienzo la medicina haya curado a la humanidad por sugestión con mayor frecuencia de lo que creemos y de lo que la ciencia médica está dispuesta a conceder. Es históricamente demostrable que ningún método médico ha sido tan disparatado que no haya podido ayudar durante algún tiempo a los enfermos que tenían fe en él.»

Los psicólogos y médicos deberían sentirse interesados en investigar la curación maravillosa como fenómeno de autoinfluencia. En los años cincuenta, el curandero, doctor en ciencias políticas, Kurt Trampler, antiguo colaborador de Gróning que ahora ya trabajaba por su cuenta, se puso a disposición, con muchos de sus pacientes, del profesor Bender, director del Instituto de Parapsicología, en Freiburg. En la empresa también participó la Policlínica de la Universidad de Freiburg que durante siete a catorce meses realizó controles médicos de los éxitos curativos.
A la prueba se sometieron 247 pacientes. Los médicos comprobaron que en el once por ciento de todos los casos se había producido una mejoría de la enfermedad, sin que, desde el punto de vista de la medicina clásica, hubiera razón para ello. En contraposición a esta comprobación objetiva, el 70 por ciento de los 247 enfermos afirmaron que desde que Trampler les había sometido a tratamiento se sentían muy mejorados.

Como Groring, Trampler practicaba también un tratamiento a distancia. Un internista de Hamburgo se ocupó de esta clase de técnica curativa. Rogó a Trampler que en un determinado momento «sintonizara» con tres pacientes que yacían en la clínica de Hamburgo. Los pacientes no sabían nada de este tratamiento a distancia, y tampoco ocurrió nada. Algún tiempo después, el médico informó a los mismos pacientes sobre los métodos curativos de Trampler y les dijo que en un momento determinado se llevaría a cabo una prueba de tratamiento a distancia. El mismo Trampler no sabía nada de esto. El resultado fue asombroso. Una paciente que se retorcía de dolores postoperatorios, dejó de quejarse repentinamente y pudo ser dada de alta. En los otros dos- casos también existió cierta mejoría. Este resultado recuerda los experimentos con los llamados placebos, medicamentos en forma de fármacos corrientes aunque de una composición totalmente inocua, o sea sin efectividad alguna. En este campo se realizaron numerosos tests, que en parte fueron «pruebas dobles» en las que ni el paciente ni el médico que lo trataba sabían qué pastilla era verdadera y cuál otra no era más que dextrosa o cualquier otra sustancia inofensiva. ¿El resultado? Casi la mitad de los sujetos reaccionó ante un placebo como si ss tratara del medicamento correcto. El médico C. L. Schleich informó una vez sobre una enferma especialmente sensible que cuando zumbaba el ventilador de la habitación afirmaba que había una abeja allí y que pronto la picaría en el párpado. No ocurrió nada parecido, pero el párpado de la señora se hinchó en pocos minutos hasta formar un bulto, casi del tamaño de un huevo de gallina, muy doloroso. Fue más trágico el caso de un trabajador que por error quedó encerrado en un camión frigorífico.

  Cuando el camión llegó a su destino, el hombre estaba muerto, sin duda alguna helado. Así lo demostraba lo que había garabateado sobre una hoja de papel. Sin embargo, la instalación frigorífica del 3 camión no había estado funcionando. La sugestión y la autosugestión también juegan un papel en los fenómenos de estigmatización. Durante estos fenómenos se forman en las manos y pies heridas similares a las de Cristo crucificado. En opinión de los especialistas, las curaciones milagrosas ocurridas en los lugares de peregrinación de la Iglesia Católica también son debidas a la sugestión y sobre todo a la sugestión de masas. Hacia Lourdes, ppr ejemplo, acuden anualmente millones de peregrinos. Muchos de ellos buscan la curación en aquella fuente en cuyas cercanías se apareció la Virgen María hace cien años a la campesina Berna-dette Soubirous.

La misma Iglesia se mantiene reservada en su juicio sobre las curaciones. En Lourdes, una comisión de médicos comprueba los casos siguiendo las reglas más estrictas. A este reconocimiento sólo se permite acudir a los enfermos sobre los que se puede demostrar la existencia de graves transformaciones anatómicas del organismo. La curación tiene que ocurrir en el término de 24 horas. De 1300 casos, la comisión sólo ha reconocido 50 como curaciones milagrosas, aunque considera que estas curaciones no son una prueba de la actuación de Dios. Según la fe católica sólo se considera un milagro una intervención de Dios en el orden natural, reconocible naturalmente, posible en todo momento gracias a su omnipotencia.

En la ciencia no existen milagros. Todos los fenómenos tienen su explicación. ¿O acaso no todos? De cualquier forma, el fenómeno de las curaciones milagrosas todavía deja sin respuesta algunas preguntas.
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