Cuentos Cortos para Adultos 2

Relatos cortos o cuentos cortos. Todos ellos aluden a narraciones de corta extensión que le hacen la vida más amable a los lectores. Y no nos hacen más felices porque transmitan peripecias cargadas de optimismo y de buenos deseos que desembocan en un final feliz, sino porque nos entretienen, nos divierten, nos acompañan,  ensanchan nuestro conocimiento, alimentan nuestra sed de evasión o de introspección, nos ayudan a comprender la naturaleza humana, si acaso es posible…

Relato corto de Oscar Wilde: El hombre que contaba historias

Había una vez un hombre muy querido en su pueblo porque contaba historias. Todas las mañanas salía del pueblo y, cuando volvía por las noches, todos los trabajadores del pueblo, tras haber bregado todo el día, se reunían a su alrededor y le decían:

–Vamos, cuenta, ¿qué has visto hoy?

Él explicaba:

–He visto en el bosque a un fauno que tenía una flauta y que obligaba a danzar a un corro de silvanos.

–Sigue contando, ¿qué más has visto? –decían los hombres.

–Al llegar a la orilla del mar he visto, al filo de las olas, a tres sirenas que peinaban sus verdes cabellos con un peine de oro.

Y los hombres lo apreciaban porque les contaba historias.

Una mañana dejó su pueblo, como todas las mañanas… Mas al llegar a la orilla del mar, he aquí que vio a tres sirenas, tres sirenas que, al filo de las olas, peinaban sus cabellos verdes con un peine de oro. Y, como continuara su paseo, en llegando cerca del bosque, vio a un fauno que tañía su flauta y a un corro de silvanos… Aquella noche, cuando regresó a su pueblo y, como los otros días, le preguntaron:

–Vamos, cuenta: ¿qué has visto?

Él respondió:

–No he visto nada.

Cuento de Tolstói: La estufa grande

Un hombre tenía una espaciosa casa en la que había una gran estufa; no obstante, la familia de ese hombre no era numerosa: sólo su mujer y él. Cuando llegó el invierno el hombre empezó a encender la estufa y al cabo de un mes ya había quemado toda la leña. Ya no tenía nada que quemar, y hacía frío.

Entonces el hombre se puso a arrancar la cerca del patio, y alimentaba la estufa con esa madera. Cuando quemó toda la cerca, en la casa, que ya no tenía ningún amparo contra el viento, hizo aún más frío, y ya no había nada que quemar.

Entonces se subió arriba, arrancó el tejado y empezó a encender la estufa con esa madera; en la casa hizo más frío aún, y también la leña del tejado se acabó. Entonces el hombre empezó a desmontar el techo de la casa para alimentar la estufa. Un vecino vio lo que estaba haciendo y le dijo: «Pero ¿qué haces, vecino? ¿Te has vuelto loco? ¡Quitar el techo en pleno invierno! ¡Si lo haces os congelaréis los dos!». Pero el hombre dijo: «No, amigo: estoy quitando el techo para encender la estufa. Tenemos una estufa que, cuanta más madera consume, más frío hace». El vecino se echó a reír y dijo: «Bueno, y cuando hayas quemado el techo, ¿derribarás la casa? Entonces ya no tendrás dónde vivir y sólo te quedará la estufa, que estará fría».

«Ésa es mi desgracia –dijo el hombre–. Todos los vecinos tienen leña suficiente para todo el invierno; yo, en cambio, he quemado la cerca y la mitad de la casa y ni siquiera eso ha bastado.» El vecino dijo: «Lo único que tienes que hacer es reformar la estufa». Pero el hombre dijo: «Sé que tienes envidia de mi casa y de mi estufa porque son más grandes que las tuyas; por eso me aconsejas que no rompa nada». No escuchó a su vecino y quemó el techo y luego la casa; y después se fue a vivir entre extraños.

Relato corto de Mario Benedetti: Su amor no era sencillo

Los detuvieron por atentado al pudor. Y nadie les creyó cuando el hombre y la mujer trataron de explicarse. En realidad, su amor no era sencillo. Él padecía claustrofobia, y ella, agorafobia.  Era solo por eso que fornicaban en los umbrales.

Relato corto de Martio Benedetti: El sexo de los ángeles

Una de las más lamentables carencias de información que han padecido los hombres y mujeres de todas las épocas, se relaciona con el sexo de los ángeles. El dato, nunca confirmado, de que los ángeles no hacen el amor, quizá signifique que no lo hacen de la misma manera que los mortales.

Otra versión, tampoco confirmada pero más verosímil, sugiere que si bien los ángeles no hacen el amor con sus cuerpos (por la mera razón de que carecen de los mismos) lo celebran en cambio con palabras, vale decir con las adecuadas.

Así, cada vez que Ángel y Ángela se encuentran en el cruce de dos transparencias, empiezan por mirarse, seducirse y tentarse mediante el intercambio de miradas que, por supuesto, son angelicales.

Y si Ángel, para abrir el fuego, dice: “Semilla”, Ángela, para atizarlo, responde: “Surco”. Él dice: “Alud” y ella, tiernamente: “Abismo”.

Las palabras se cruzan, vertiginosas como meteoritos o acariciantes como copos.

Ángel dice: “Madero”. Y Ángela: “Caverna”.

Aletean por ahí un Ángel de la Guarda, misógino y silente, y un Ángel de la Muerte, viudo y tenebroso. Pero el par amatorio no se interrumpe, sigue silabeando su amor.

Él dice: “Manantial”. Y ella: “Cuenca”.

Las sílabas se impregnan de rocío y, aquí y allá, entre cristales de nieve, circulan el aire y su expectativa.

Ángel dice: “Estoque”, y Ángela, radiante: “Herida”. Él dice: “Tañido”, y ella: “Rebato”.

Y en el preciso instante del orgasmo ultraterreno, los cirros y los cúmulos, los estratos y nimbos, se estremecen, tremolan, estallan, y el amor de los ángeles llueve copiosamente sobre el mundo.

Relato corto de Mario Benedetti: El hombre que aprendió a ladrar

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desalineamiento en los que estuvo a punto de desistir. Pero al fin triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué lo había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar”. Sin embargo, la razón más valedera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación.

¿Cómo amar entonces sin comunicarse?

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue por fin comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día Raimundo y Leo se tendían, por lo general en los atardeceres, bajo la glorieta y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz visión del mundo.

Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda franqueza: ¿qué opinás de mi forma de ladrar?”. La respuesta de Leo fue bastante escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bastante bien, pero tendrás que mejorar. Cuando ladras, todavía se te nota el acento humano.”

Relato corto sobre la soledad.
Emilio Díaz Valcárcel : La muchacha del tiempo

a Ana Lydia Vega

Todas las tardes, la pareja de ancianos esperaba en la pantalla del televisor a la muchacha del tiempo, sentados en el decrépito sofá que olía a orina de perro: era ése el más claro recordatorio de Blaqui; con su muerte, ocurrida hacía cuatro años, habían sufrido más que nunca el vacío de la soledad, el cansancio de los años que sobrevivían con resignación; hasta que un buen día tocó en su puerta el hombre joven que habían mimado de niño con irreprimible vocación de abuelos.

Su última carta –incomprensible, incoherente– había arribado hacía diez, quince años: imposible recordarlo con certeza.

A los pocos meses se fueron acostumbrando a las curiosidades de la nueva experiencia: algunos días, cuando amanecía murmurando palabras raras, el nieto vestía uniforme de campaña verde olivo con diseños que simulaban ramas y hojas, y lucía en la muñeca derecha un brazalete plateado con su nombre, número de soldado y un nombre de mujer en lengua desconocida.

Los abuelos le reservaron un sitio ante el televisor y, desde entonces, los tres permanecían mudos frente a la pantalla, con excepción de breves comentarios sobre la implacable sequía de ese año.

Pasaban horas contemplando programas que se sucedían entre innumerables comerciales, pero el momento que con leve ansiedad esperaban era el noticiario de la tarde, donde la muchacha del tiempo se compadecía de su público cuando tenía que informarle, programa tras programa, que no habría en los próximos días la más mínima señal de lluvia; pelinegra, de ojos rasgados, la muchacha no tendría más de veinte años.

Los meses de sequía habían provocado una crisis: la multitud languidecía entre la sed, el calor y los malos olores; el ganado moría en los campos secos que se encendían de nada; los frutos se secaban en las ramas ya sin hojas; los ríos exhibían sus lechos de piedras y barro cuarteado; ahora que los embalses habían bajado sus niveles hasta alcanzar el ras de tierra y la gente temía desaparecer bajo las llamas del sol, la muchacha del tiempo parecía más atribulada que nunca, avergonzada y dolida de no poder ofrecerle a la ansiosa multitud las esperadas buenas nuevas.

Una tarde, la muchacha no pudo soportar las malas noticias que debía comunicarle a su público, así que, saliéndose del libreto, exclamó: “¡Juro que yo no tengo la culpa, simplemente les comunico los informes que recibo del Servicio Meteorológico!”, y su rostro se plegó a punto de llorar.

“Sufre mucho”, dijo el abuelo. “Sí”, contestó la abuela; permanecían inmóviles en la penumbra de la sala, que olía a orina de perro, sin mirarse. Como otros días, el nieto se había levantado murmurando palabras raras, y andaba por esas calles de Dios con su uniforme de combate (regresaba generalmente antes de los noticiarios); él tampoco tenía muchas cosas que decir: se limitaba a un sí o un no a veces repetía las palabras del abuelo, inmóvil detrás de ellos: “Sufre mucho”.

Ese jueves –pudo ser otro día, desde luego, puesto que nada habría evitado los hechos– los abuelos se enteraron en silencio de múltiples accidentes en las carreteras, actos de pillaje, asesinatos, ciudadanos que solicitaban ayuda’ para sus enfermos, corrupción en el Gobierno; casi sin que los abuelos se dieran cuenta, la muchacha del tiempo había comenzado su informe; tenía los ojos enrojecidos llenos de lágrimas: no se vería alivio en los próximos meses, las reservas de agua de los embalses durarían sólo cuatro días…; de pronto, la muchacha miró espantada hacia su izquierda –derecha de la pantalla– y retrocedió un paso seguida por la cámara; solitarios, quietos en la oscuridad de la sala –que olía a la orina de Blaqui– los ancianos vieron cómo un revólver niquelado entraba por el lado izquierdo de la pantalla.

De primera instancia no pudieron comprender esa absurda composición de objetos –había elementos que no pertenecían a la rutina de tantos años televisivos, era como ver un bolígrafo dentro de un zapato– y mecánicamente acercaron sus rostros a la pantalla; pero fue la detonación y la visión del rostro destrozado de la muchacha –que se desplomaba fuera de pantalla– lo que los alertó definitivamente y los obligó a ver que la mano que esgrimía el revólver mostraba en su muñeca un brazalete plateado con inscripciones imposibles de leer a esa distancia.

La bonita historia del Dr. Kelly

Un día, un muchacho pobre que vendía mercadería de puerta en puerta para pagar sus estudios, vió que solo le quedaba una simple moneda de diez centavos y tenía hambre.
Decidió que pediría comida en la próxima casa.
Sin embargo, los nervios lo traicionaron cuando una encantadora joven le abrió la puerta.

En vez de comida le pidió un vaso de agua.
Ella pensó que el joven tendría hambre y le dió un gran vaso de leche.
El bebió despacito y después le preguntó: – ¿Cuánto le debo?
-No me debes nada- respondió ella.
Y continuó:
– Mi madre nos enseño a no aceptar pago por una caridad.
El dijo:
– Pues te agradezco de todo corazón.

Cuando Howard Kelly salió de aquella casa no sólo se sintió mas fuerte físicamente si no que también su fe en Dios y en los hombres era mas fuerte.
El ya se había resignado a rendirse y dejar todo. Años después esa joven mujer se enfermó gravemente. Los médicos de su pueblo estaban confundidos.
Finalmente la enviaron a la ciudad mas cercana donde llamaron a un especialista para estudiar su extraña enfermedad.

LLamaron al Dr. Howard Kelly. Cuando el médico escuchó el nombre del pueblo de donde era ella una extraña luz iluminó sus ojos.
Inmediatamente vestido con su bata de médico fue a ver a la paciente. Reconoció inmediatamente a aquella mujer.
El Dr. Kelly se propuso hacer lo mejor para salvar aquella vida. Dedicó especial atención a aquella paciente. Después de una dura lucha por la vida de la enferma, se ganó la batalla.

El Dr.Kelly pidió a la administración del hospital que le enviara la factura total de los gastos. El la pagó, después anoto algo y mando que se la entregaran a la paciente. Ella tenía miedo de leer el documento, porque sabía que tendría el resto de su vida para pagar todos los gastos. Finalmente, leyó la factura y algo le llamó la atención.

Decia lo siguiente:
“Totalmente pagada hace muchos años con un vaso de leche”
Dr.Kelly
Lágrimas de alegría brotaron de los ojos de la mujer y su corazón feliz rezó:
“Gracias Dios porque tu amor se manifestó en las manos y en los corazones humanos”

Simplemente en la vida nada es porque sí , lo que haces hoy, mañana puede hacer la diferencia en tu vida… ¿Que opináis vosotros?

Cuentos cortos para adultos 1

Cuentos cortos para adultos 3

Cuentos cortos para adultos 4

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4 comentarios sobre “Cuentos Cortos para Adultos 2

  • el 13 mayo, 2019 a las 2:13 pm
    Permalink

    Execpcional idea la de los relatos cortos de gente brillante. Gracias.

    Respuesta
    • el 13 mayo, 2019 a las 4:11 pm
      Permalink

      Muchas gracias Susana por tu comentario. Saludos !!!

      Respuesta
  • el 19 junio, 2019 a las 11:01 am
    Permalink

    gracias por publicar estas joyas!

    Respuesta
    • el 19 junio, 2019 a las 1:23 pm
      Permalink

      Muchas gracias a ti Isabel, nos alegra que te sean útiles.

      Respuesta

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