Cuentos Cortos para Adultos 3

Relatos cortos o cuentos cortos. Todos ellos aluden a narraciones de corta extensión que le hacen la vida más amable a los lectores. Y no nos hacen más felices porque transmitan peripecias cargadas de optimismo y de buenos deseos que desembocan en un final feliz, sino porque nos entretienen, nos divierten, nos acompañan,  ensanchan nuestro conocimiento, alimentan nuestra sed de evasión o de introspección, nos ayudan a comprender la naturaleza humana, si acaso es posible…

Relato de Rudyard Kipling: El jardinero

Una tumba se me dio,
una guardia hasta el Día del Juicio;
y Dios miró desde el cielo
y la losa me quitó.


Un día en todos los años, 
una hora de ese día, 
su Ángel vio mis lágrimas,
¡y la losa se llevó!

En el pueblo todos sabían que Helen Turrell cumplía sus obligaciones con todo el mundo, y con nadie de forma más perfecta que con el pobre hijo de su único hermano.

Todos los del pueblo sabían, también, que George Turrell había dado muchos disgustos a su familia desde su adolescencia, y a nadie le sorprendió enterarse de que, tras recibir múltiples oportunidades y desperdiciarlas todas, George, inspector de la policía de la India, se había enredado con la hija de un suboficial retirado y había muerto al caerse de un caballo unas semanas antes de que naciera su hijo.

Por fortuna, los padres de George ya habían muerto, y aunque Helen, que tenía treinta y cinco años y poseía medios propios, se podía haber lavado las manos de todo aquel lamentable asunto, se comportó noblemente y aceptó la responsabilidad de hacerse cargo, pese a que ella misma, en aquella época, estaba delicada de los pulmones, por lo que había tenido que irse a pasar una temporada al sur de Francia.

Pagó el viaje del niño y una niñera desde Bombay, los fue a buscar a Marsella, cuidó al niño cuando tuvo un ataque de disentería infantil por culpa de un descuido de la niñera, a la cual tuvo que despedir y, por último, delgada y cansada, pero triunfante, se llevó al niño a fines de otoño, plenamente restablecido a su casa de Hampshire.

Todos esos detalles eran del dominio público, pues Helen era de carácter muy abierto y mantenía que lo único que se lograba con silenciar un escándalo era darle mayores proporciones.

Reconocía que George siempre había sido una oveja negra, pero las cosas hubieran podido ir mucho peor si la madre hubiera insistido en su derecho a quedarse con el niño.

Por suerte parecía que la gente de esa clase estaba dispuesta a hacer casi cualquier cosa por dinero, y como George siempre había recurrido a ella cuando tenía problemas, Helen se sentía justificada –y sus amigos estaban de acuerdo con ella– al cortar todos los lazos con la familia del suboficial y dar al niño todas las ventajas posibles.

Lo primero fue que el pastor bautizara al niño con el nombre de Michael. Nada indicaba hasta entonces, decía la propia Helen, que ella fuera muy aficionada a los niños, pero pese a todos los defectos de George siempre lo había querido mucho, y señalaba que Michael tenía exactamente la misma boca que George, lo cual ya era un buen punto de partida. De hecho, lo que Michael reproducía con más fidelidad era la frente, amplia, despejada y bonita de los Turrell.

La boca la tenía algo mejor trazada que el tipo familiar. Pero Helen, que no quería reconocer nada por el lado de la madre, juraba que era un Turrell perfecto, y como no había nadie que se lo discutiera, la cuestión del parecido quedó zanjada para siempre.

En unos años Michael pasó a formar parte del pueblo, tan aceptado por todos como siempre lo había sido Helen: intrépido, filosófico y bastante guapo. A los seis años quiso saber por qué no podía llamarle «mamá», igual que hacían todos los niños con sus madres.

Le explicó que no era más que su tía, y que las tías no eran lo mismo que las mamás, pero que si quería podía llamarle «mamá» al irse a la cama, como nombre cariñoso y secreto entre ellos dos.

Michael guardó fielmente el secreto, pero Helen, como de costumbre, se lo contó a sus amigos, y cuando Michael se enteró se puso furioso.

–¿Por qué se lo has dicho? ¿Por qué? –preguntó al final de la rabieta.

–Porque lo mejor es decir siempre la verdad –respondió Helen, que lo tenía abrazado mientras él pataleaba en la cuna.

–Bueno, pero cuando la verdad es algo feo no me parece bien.

–¿No te parece bien?

–No, y además –y Helen sintió que se ponía tenso–, además, ahora que lo has dicho ya no te voy a llamar «mamá» nunca, ni siquiera al acostarme.

–Pero ¿no te parece una crueldad? –preguntó Helen en voz baja.

–¡No me importa! ¡No me importa! Me has hecho daño y ahora te lo quiero hacer yo. ¡Te haré daño toda mi vida!

–¡Vamos, guapo, no digas esas cosas! No sabes lo que…

–¡Pues sí! ¡Y cuando me haya muerto te haré todavía más daño!

–Gracias a Dios yo me moriré mucho antes que tú, cariño.

–¡Ja! Emma dice que nunca se sabe –Michael había estado hablando con la anciana y fea criada de Helen–. Hay muchos niños que se mueren de pequeños, y eso es lo que voy a hacer yo. ¡Entonces verás!

Helen dio un respingo y fue hacia la puerta, pero los llantos de «¡mamá, mamá!» le hicieron volver y los dos lloraron juntos.

Cuando cumplió los diez años, tras dos cursos en una escuela privada, algo o alguien le sugirió la idea de que su situación familiar no era normal. Atacó a Helen con el tema, y derribó sus defensas titubeantes con la franqueza de la familia.

–No me creo ni una palabra –dijo animadamente al final–. La gente no hubiera dicho lo que dijo si mis padres se hubieran casado.

Pero no te preocupes, tía. He leído muchas cosas de gente como yo en la historia de Inglaterra y en las cosas de Shakespeare.
Para empezar, Guillermo el Conquistador y… bueno, montones más, y a todos les fue estupendo. A ti no te importa que yo sea… eso, ¿verdad?

–Como si me fuera a… –empezó ella.

–Bueno, pues ya no volvemos a hablar del asunto si te hace llorar.

Y nunca lo volvió a mencionar por su propia voluntad, pero dos años después, cuando contrajo las anginas durante las vacaciones, y le subió la temperatura hasta los 40 grados, no habló de otra cosa hasta que la voz de Helen logró traspasar el delirio, con la seguridad de que nada en el mundo podía hacer que cambiaran las cosas entre ellos.

Cuento de Tolstói: Demasiado caro (Relato verídico inspirado en Maupassant)

Existe un reino pequeñito, minúsculo, a orillas del Mediterráneo, entre Francia e Italia. Se llama Mónaco y cuenta con siete mil habitantes, menos que un pueblo grande.
La superficie del reino es tan pequeña que ni siquiera tocan a una hectárea de tierra por persona.
Pero, en cambio, tienen un auténtico reyecito, con su palacio, sus cortesanos, sus ministros, su obispo y su ejército.

Este es poco numeroso, en total unos sesenta hombres; pero no deja de ser un ejército.
El reyecito tiene pocas rentas. Como por doquier, en ese reino hay impuestos para el tabaco, el vino y el alcohol y existe la decapitación. Aunque se bebe y se fuma, el reyecito no tendría medios de mantener a sus cortesanos y a sus funcionarios, ni podría mantenerse él, a no ser por un recurso especial.


Ese recurso se debe a una casa de juego, a una ruleta que hay en el reino. ]
La gente juega y gana o pierde; pero el propietario siempre obtiene beneficios.
Y paga buenas cantidades al reyecito. Las paga, porque no queda ya en toda Europa una sola casa de juego de este tipo.
Antes las hubo en los pequeños principados alemanes; pero hace cosa de diez años, las prohibieron porque traían muchas desgracias.

Llegaba un jugador, se ponía a jugar, se entusiasmaba, perdía todo su dinero y, a veces, incluso el de los demás. Y luego, en su desesperación, se arrojaba al agua o se pegaba un tiro. Los alemanes prohibieron a sus príncipes que tuvieran casas de juego; pero no hay quien pueda prohibir esto al reyecito de Mónaco: por eso sólo allí queda una ruleta.

Desde entonces, todos los aficionados al juego van a Mónaco, pierden su dinero y el beneficio es para el rey.
Por medio de un trabajo honrado no puede uno construirse palacios. El reyecito de Mónaco sabe que eso no está bien, pero ¿qué hacer?
Es necesario vivir. No es mejor mantenerse de los impuestos sobre el alcohol o el tabaco.

Así es como vive ese reyecito. Reina, amasa dinero y gobierna, desde su palacio, lo mismo que los grandes reyes.
Lo mismo que ellos, se corona, organiza desfiles y paradas, concede recompensas, ajusticia, indulta, celebra consejos, decreta y juzga. Gobierna como los auténticos reyes.
La única diferencia es que en Mónaco todo es pequeño.

Una vez, hace cosa de cinco años, hubo un crimen en el reino.
El pueblo de Mónaco es pacífico; y nunca había allí sucedido tal cosa. Se reunieron los jueces para juzgar al asesino.
En el tribunal había jueces, fiscales, abogados y jurados.
Después de juzgarlo, lo condenaron, según la ley, a la última pena, a la decapitación.

Presentaron la sentencia al rey. Este la confirmó. No había más remedio que ajusticiar al criminal.
La única desgracia es que no hubiese en el reino guillotina ni verdugo. Después de pensarlo mucho, los ministros decidieron escribir al Gobierno francés, preguntándole si podía mandarles la máquina y el verdugo para cortar la cabeza al criminal.

Al mismo tiempo, pidieron que los informase, a ser posible, de los gastos que esto supondría.
Al cabo de una semana recibieron la contestación: podían enviar la máquina y el verdugo: los gastos ascendían a dieciséis mil francos. Se lo comunicaron al reyecito. Éste meditó largo rato. ¡Dieciséis mil francos!

–¡Ese bribón no vale tanto dinero! ¿No se podría arreglar el asunto más económicamente? Para obtener esa cantidad, todos los habitantes del reino tendrían que pagar dos francos de impuesto.
Les parecería mucho. Podrían sublevarse –dijo.

Celebraron consejo. ¿Cómo solucionar el problema?
Se les ocurrió preguntar lo mismo al rey de Italia.
Francia es una República, no respeta a los reyes; en cambio, como en Italia hay un rey, tal vez cobraría menos.

Escribieron. No tardaron en recibir contestación. El gobierno italiano les decía que con mucho gusto mandaría la máquina y el verdugo.
El total de los gastos, con el viaje incluido, ascendería a doce mil francos. Era más barato; pero no dejaba de ser una cantidad elevada.

Aquel canalla no varía tanto dinero. Cada habitante tendría que pagar casi dos francos de impuesto.
Volvió a reunirse el Consejo. Pensaron en la manera de arreglar esto de una manera más económica.
Quizá algún soldado quisiera cortar la cabeza al criminal, de un modo rudimentario. Llamaron al general.

–¿No habrá algún soldado que quiera decapitar al asesino? Sea como sea, cuando van a la guerra matan; y eso es lo que se les enseña.

El general habló con sus soldados. ¿Quería alguno cortar la cabeza al criminal? Todos se negaron. “No, no sabemos hacer esto; no lo hemos aprendido”, dijeron.

¿Qué hacer? Meditaron mucho, nombraron un comité, una Comisión y una Subcomisión.
Por fin hallaron el medio de arreglar el asunto.
Había que conmutar la pena de muerte por la de cadena perpetua.
De este modo, el rey demostraría su misericordia y al mismo tiempo habría menos gasto.

El reyecito se mostró de acuerdo; y resolvieron adoptar esa solución.
La única desgracia era que no hubiese una prisión especial donde encerrar al criminal para toda la vida.
Había pequeños calabozos en los que se encerraba temporalmente a los culpables; pero se carecía de una buena prisión. Finalmente, encontraron un lugar.
Encerraron al criminal y le pusieron un guardián.

Éste vigilaba al delincuente y le traía la comida de la cocina de palacio. Así transcurrieron doce meses.
A fin de año, el reyecito hizo el balance de los gastos y de los ingresos.
Y se dio cuenta de que el criminal constituía un gasto bastante considerable. En un año había ascendido a seiscientos francos su comida y el sueldo del guardián.
El criminal era joven y sano; tal vez viviera aún cincuenta años. No era posible seguir así.

El reyecito llamó a sus ministros:

–Busquen el medio de que este canalla nos cueste menos dinero. Así nos resulta demasiado caro –les dijo.

Los ministros se reunieron en Consejo y meditaron largo rato. Uno de ellos dijo:

–Señores, creo que hay que suprimir el guardián.

–El criminal se escaparía –replicó otro.

–Si se escapa, ¡al diablo!

Informaron al rey. Éste se mostró de acuerdo. Suprimieron al guardián y esperaron a ver qué pasaría.

Al llegar la hora de comer el criminal buscó al guardián; y, al no encontrarlo, se dirigió en persona a la cocina de palacio en solicitud de la comida.
Cogió lo que le dieron, volvió a la prisión y cerró la puerta tras de sí. Salía a buscar la comida, pero no se escapaba.
¿Qué hacer? Pensaron que debían decirle que no se le necesitaba para nada, que podía irse.
El ministro de Justicia lo llamó.

–¿Por qué no se va usted? Nadie lo vigila, puede marcharse libremente: al rey no le parecerá mal.

–Pero yo no tengo adónde ir. ¿Dónde quiere que vaya?
Me han cubierto de oprobio con la sentencia; ahora nadie querrá tratarme. Me he apartado de todo. Ustedes proceden injustamente conmigo. Eso no se puede hacer.
En primer lugar, si me han condenado a muerte, tenían que haberme matado.
Aunque no lo han hecho, no he protestado.

En segundo lugar, me condenaron a cadena perpetua y me pusieron un guardián para que me trajera la comida; pero no han tardado en quitármelo.
Tampoco he protestado. He ido a buscarme la comida personalmente. Ahora me dicen que me vaya; pero esta vez, arréglenselas como quieran; no pienso irme –replicó el criminal.

De nuevo celebraron Consejo. ¿Qué hacer? ¿Qué solución tomar?
El criminal no se iba. Después de pensarlo mucho, decidieron asignarle una pensión. Era la única manera de librarse de él. Informaron al reyecito.

–¡Qué le hemos de hacer! Hay que terminar como sea –dijo éste.

Asignaron al criminal una pensión de seiscientos francos y así se lo comunicaron.

–Bueno; si me pagan puntualmente, me iré.

Así se decidió la cosa. Entregaron al criminal la tercera parte de la pensión por adelantado.
Este se despidió de todos y abandonó el dominio del reyecito.
Viajó sólo un cuarto de hora por ferrocarril.
Se instaló cerca del reino, compró una parcela de tierra, puso una huerta y un jardín y vive muy feliz.

En fechas determinadas, va a Mónaco a percibir su pensión. Después de cobrar, entra en la casa de juego y pone dos o tres francos.
Algunas veces gana; otras pierde y vuelve a su casa. Vive apaciblemente.

Menos mal que no delinquió en un lugar donde no se repara en gastos para decapitar a un hombre ni para mantenerlo en la cárcel toda la vida.

Relato de José Sánchez Rincón: El ausente

Cuando me casé con Ángela, yo conocía su relación con Carlos y lo de su desgraciado accidente.
Al principio no le di importancia a que ella quisiera ponerle su nombre a nuestro hijo, Carlos era un nombre tan bonito como otro cualquiera.

Después vinieron las invitaciones de Ángela a la que fue su suegra para que viniera a casa a tomar café y hablar de lo agradable y atento que era Carlos, mientras yo prefería irme a la terraza de la cocina con la excusa de fumar un cigarro o marcharme a la calle por alguna obligación inventada con tal de no oír sus excesivas muestras de afecto hacia él.

Empecé a preocuparme cuando Ángela llamaba a sus amigas de antes y a sus maridos y disfrutaban de tardes enteras recordando a Carlos, sus chistes, lo gracioso que se vestía en cualquier ocasión y hasta traían fotos antiguas y vídeos para comentarlos hasta las lágrimas.

Pensé que todo esto sería pasajero y aguanté lo que pude cuando Ángela gritaba el nombre de Carlos en los momentos culminantes al hacer el amor o cuando yo tenía que realizar alguna chapuza casera y me enteraba de lo habilidoso que era él para esas cosas o, si íbamos a algún sitio de vacaciones, lo bien que organizaba él los viajes y cuánto lo quería la gente.

Por eso hice de la habitación de invitados mi refugio habitual y, a veces, me descubría a mí mismo dando vueltas solo por el pasillo pensando en lo buen tipo que era Carlos y lo mucho que lo echábamos de menos.

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