Cuentos Cortos para Adultos 4

Relatos cortos o cuentos cortos. Todos ellos aluden a narraciones de corta extensión que le hacen la vida más amable a los lectores. Y no nos hacen más felices porque transmitan peripecias cargadas de optimismo y de buenos deseos que desembocan en un final feliz, sino porque nos entretienen, nos divierten, nos acompañan,  ensanchan nuestro conocimiento, alimentan nuestra sed de evasión o de introspección, nos ayudan a comprender la naturaleza humana, si acaso es posible…

Cuento tradicional de Marruecos: El grano de arena

Dios estaba fabricando el mundo. Después de los astros, la tierra, el mar, fabricó también a las personas. Eran bellas criaturas, con los ojos espléndidos, pero no tenían alma.

—Es necesaria el alma —sugirió el arcángel que lo ayudaba.

—Tienes razón —dijo Dios—. Vamos a hacerles un alma.

Y se puso a preparar las almas. Dios estaba contento, trabajaba con entusiasmo. Amasó rayos de sol con perfume de jardines, zafiros de montaña con susurro de olas marinas… y las almas salían del laboratorio todas adornadas y brillantes. Entonces el Padre bajó a la tierra y distribuyó un alma a cada persona.

Pero como aquel día llovía, algún alma llegó a destino un poco estropeada. Y un día una persona —una de aquellas que había recibido un alma algo estropeada— tuvo el impulso de decir una mentira, una mentira de nada, así de pequeña; pero era el primer hilo de la inmensa red de los engaños.

Dios, que lo sabe todo, se dio cuenta y se enfadó. Reunió a sus hijos de la Tierra y les dijo que no se debe mentir.

—Por cada mentira que digáis, arrojaré sobre la Tierra un granito de arena.

Los hombres no hicieron caso. En aquel tiempo no había arena sobre la Tierra; y con todo aquel verde, ¿qué importancia podía tener un granito de arena? Así fue como, después de la primera mentira vino la segunda, y tras ésta la tercera y la cuarta… La lealtad iba desapareciendo, el fraude y el engaño invadían el mundo. Dios por cada mentira arrojaba un granito de arena; pero a un cierto punto, ya no pudo más, y tuvo que ser ayudado por un ejército de ángeles y de arcángeles.

Cayeron del cielo torrentes de arena, y la Tierra, el bello jardín florido, empezó a ajarse. Vastas zonas terrestres se cubrieron de arena: era el desierto. Sólo aquí y allá, donde todavía vivía alguna buena persona, quedaron raros oasis. Pero como la calamidad continúa difundiéndose, no está excluido que un día, por culpa de las mentiras, la Tierra se convierta toda en un inmenso desierto…

Cuento tradicional de Marruecos: La suerte

Una mujer encontró un día una bolsa llena de monedas mientras barría la puerta de su casa. Dejó la escoba y se marchó al zoco para comprar un cordero. A pesar del calor, del polvo y del olor desagradable de los animales, recorrió lentamente el corral en el que se hallaban. Al final eligió un carnero de cuernos muy largos. Le tocó el vellón de lana para ver si estaba tan gordo como pretendía el vendedor. Se puso a regatear el precio, fingió marcharse, volvió, regateó nuevamente y terminó pagando. Regresó a su casa llevando el carnero de una cuerda y lo ató a una estaca en el jardín que se encontraba detrás de su casa.

Unos días más tarde, un chacal pasó por allí. Se relamió pensando en el carnero. «Alá es muy generoso al ofrecerme tal festín», se dijo. Tras saltar el cerco, se lanzó sobre el carnero y se lo comió. La mujer vio desde su ventana al chacal en plena comilona. Le gritó, pero era demasiado tarde.

Luego fue a ver al cadí para ver si obtenía alguna reparación.

—Dime de qué se trata —le dijo el juez.

—Estaba yo barriendo delante de mi puerta…

—Tienes mucha razón. Hay que mantener limpio el hogar y sus alrededores —le dijo el cadí.

—… cuando me encontré una bolsa llena de monedas.

—Era tu día de suerte.

—Con el dinero me compré un carnero.

—Era el de la Aid el Kebir.

—Unos días más tarde, un chacal, maldito sea, se lo comió.

—Era su día de suerte y no el tuyo —dijo el cadí sonriendo.

La mujer, sintiéndose desairada, se marchó sin agregar palabra.

El relato «La suerte» está incluido en 30 Cuentos del Magreb. Jean Muzi, Solidaridad Internacional.

Los amos, un relato corto de Juan Bosch

Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.

–Le voy a dar medio peso para el camino. Usté está muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.

Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.

–Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.

–Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.

Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.

–Ta bien, don Pío –dijo–; que Dio se lo pague.

Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.

–Que animao ta el becerrito –comentó en voz baja.

Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.

Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.

Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.

–Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.

–Ah, sí, cómo no, don. Mucha gracia –oyó responder.

El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.

–Vea, don –dijo–, aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.

Don Pío caminó arriba.

–¿Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.

–Arrímese pa aquel lao y la verá.

Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.

–Dese una caminata y me la arrea, Cristino –oyó decir a don Pío.

–Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.

–¿La calentura?

–Unjú, me ta subiendo.

–Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.

Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito…

–¿Va a traérmela? –insistió la voz.

Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.

–¿Va a buscármela, Cristino?

Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.

Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.

–Ello sí, don –dijo–: voy a dir. Deje que se me pase el frío.

–Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.

Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.

–Si: ya voy, don –dijo.

–Cogió ahora por la vuelta del arroyo –explicó desde la galería don Pío.

Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío lo veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.

–¡Qué día tan bonito, Pío! –comentó con voz cantarina.

El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.

–No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le di medio peso para el camino.

Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.

–Malagradecidos que son, Herminia –dijo–. De nada vale tratarlos bien.

Ella asintió con la mirada.

–Te lo he dicho mil veces, Pío –comentó. Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

Relato corto de Antón Chéjov: ¡Chist!

Iván Krasnukin, periodista de no mucha importancia, vuelve muy tarde a su hogar, con talante desapacible, desaliñado y totalmente absorto. Tiene el aspecto de alguien a quien se espera para hacer una pesquisa o que medita suicidarse. Da unos paseos por su despacho, se detiene, se despeina de un manotazo y dice con tono de Laertes disponiéndose a vengar a su hermana:

–¡Estás molido, moralmente agotado, te entregas a la melancolía, y, a pesar de todo, enciérrate en tu despacho y escribe! ¿Y a esto se llama vida? ¿Por qué no ha descrito nadie la disonancia dolorosa que se produce en el alma de un escritor que está triste y debe hacer reír a la gente o que está alegre y debe verter lágrimas de encargo? Yo debo ser festivo, matarlas callando, e ingenioso, pero imagínese que me entrego a la melancolía o, una suposición, ¡que estoy enfermo, que ha muerto mi niño, que mi mujer está de parto!…

Dice todo esto agitando los brazos y moviendo los ojos desesperadamente… Luego entra en el dormitorio y despierta a su mujer.

–Nadia –le dice–, voy a escribir… Te ruego que no me molesten, me es imposible escribir si los niños chillan, si las cocineras roncan… Procura que tenga té y… un bistec, ¿eh?… Ya lo sabes, no puedo escribir sin té… El té es lo que me sostiene cuando trabajo.

Aquí nada es resultado del azar, del hábito, sino que todo, hasta la cosa más insignificante, denota una madura reflexión y un programa estricto. Unos pequeños bustos y retratos de grandes escritores, una montaña de borradores, un volumen de Belinski con una página doblada, una página de periódico, plegada negligentemente, pero de manera que se ve un pasaje encuadrado en lápiz azul, y al margen, con grandes letras, la palabra: “¡Vil!”. También hay una docena de lápices con la punta recién sacada y unos cortaplumas con plumas nuevas, para que causas externas y accidentes del género de una pluma que se rompe no puedan interrumpir, ni siquiera un segundo, el libre impulso creador… Krasnukin se recuesta contra el respaldo del sillón y, cerrando los ojos, se abisma en la meditación del tema. Oye a su mujer, que anda arrastrando las zapatillas, y parte unas astillas para calentar el samovar. Que no está aún despierta del todo se adivina por el ruido de la tapadera del samovar y del cuchillo que se le caen a cada instante de las manos. No se tarda en oír el ruido del agua hirviendo y el chirriar de la carne. La mujer no cesa de partir astillas y de hacer sonar las tapas redondas y las puertecillas de la estufa. De pronto, Krasnukin se estremece, abre unos ojos asustados y olfatea el aire.

–¡Dios mío, el óxido de carbono! –gime con una mueca de mártir–. ¡El óxido de carbono! ¡Esta mujer insoportable se empeña en envenenarme! ¡Dime, en el nombre de Dios, si puedo escribir en semejantes condiciones!

Corre a la cocina y se extiende en lamentaciones caseras. Cuando, unos instantes después, su mujer le lleva, caminando con precaución sobre la punta de los pies, una taza de té, él se halla, como antes, sentado en su sillón, con los ojos cerrados, abismado en su tema. Está inmóvil, tamborilea ligeramente en su frente con dos dedos y finge no advertir la presencia de su mujer… Su rostro tiene la expresión de inocencia ultrajada de hace un momento. Igual que una jovencita a quien se le ofrece un hermoso abanico, antes de escribir el título coquetea un buen rato ante sí mismo, se pavonea, hace carantoñas… Se aprieta las sienes o bien se crispa y mete los pies bajo el sillón, como si se sintiese mal o entrecierra los ojos con aire lánguido, como un gato tumbado sobre un sofá… Por último, y no sin vacilaciones, adelanta la mano hacia el tintero y, como quien firma una sentencia de muerte, escribe el título…

–¡Mamá, agua! –grita la voz de su hijo.

–¡Chist! –dice la madre–. Papá escribe. Chist…

Papá escribe a toda velocidad, sin tachones ni pausas, sin tiempo apenas para volver las hojas. Los bustos y los retratos de los escritores famosos contemplan el correr de su pluma, inmóviles, y parecen pensar: “¡Muy bien, amigo mío! ¡Qué marcha!”.

–¡Chist! –rasguea la pluma.

–¡Chist! –dicen los escritores cuando un rodillazo los sobresalta, al mismo tiempo que la mesa. Bruscamente, Krasnukin se endereza, deja la pluma y aguza el oído… Oye un cuchicheo monótono… Es el inquilino de la habitación contigua, Tomás Nicolaievich, que está rezando sus oraciones.

–¡Oiga! –grita Krasnukin–. ¿Es que no puede rezar más bajo? No me deja escribir.

–Perdóneme –responde tímidamente Nicolaievich.

–¡Chist!

Cuando ha escrito cinco páginas, Krasnukin se estira de piernas y brazos, bosteza y mira el reloj.

–¡Dios mío, ya son las tres! –gime–. La gente duerme y yo… ¡sólo yo estoy obligado a trabajar!

Roto, agotado, con la cabeza caída hacia a un lado, se va al dormitorio, despierta a su mujer y le dice con voz lánguida:

–Nadia, dame más té. Estoy sin fuerzas…

Escribe hasta las cuatro y escribiría gustosamente hasta las seis, si el asunto no se hubiese agotado. Coquetear, hacer zalamerías ante sí mismo, delante de los objetos inanimados, al abrigo de cualquier mirada indiscreta que le atisbe, ejercer su despotismo y su tiranía sobre el pequeño hormiguero que el destino ha puesto por azar bajo su autoridad, he ahí la sal y la miel de su existencia. ¡De qué manera este tirano doméstico se parece un poco al hombre insignificante, oscuro, mudo y sin talento que solemos ver en las salas de redacción!

–Estoy tan agotado que me costará trabajo dormirme… –dijo al acostarse–. Nuestro trabajo, un trabajo maldito, ingrato, un trabajo de forzado, agota menos el cuerpo que el alma… Debería tomar bromuro… ¡Ay, Dios es testigo de que si no fuera por mi familia dejaría este trabajo!… ¡Escribir de encargo! ¡Esto es horrible!

Duerme hasta las doce o la una, con un sueño profundo y tranquilo… ¡Ay, cuánto más dormiría aún, qué hermosos sueños tendría, cómo florecería si fuese un escritor o un editorialista famoso o al menos un editor conocido!…

–¡Ha escrito toda la noche! –cuchichea su mujer con gesto apurado–. ¡Chist!

Nadie se atreve a hablar ni andar, ni a hacer el menor ruido. Su sueño es una cosa sagrada que costaría caro profanar.

–¡Chist! –se oye a través de la casa–. ¡Chist!

Una llamada telefónica, un relato corto de Dorothy Parker

Por favor, Dios, que llame ahora. Querido Dios, que me llame ahora. No voy a pedir nada más de ti, realmente no lo haré. No es mucho pedir. Sería tan poco para ti, Dios, una cosa tan, tan pequeña. Solo deja que llame ahora. Por favor, Dios. Por favor, por favor, por favor.

Si no pienso en eso, tal vez el teléfono suene. A veces lo hace. Si pudiera pensar en otra cosa. Si pudiera pensar en otra cosa. Quizá si cuento hasta quinientos de cinco en cinco, suene antes de que termine.
Voy a contar lentamente. Sin trampas. Y si suena cuando llegue a trescientos, no voy a parar, no voy a contestar hasta que llegue a quinientos. Cinco, diez, quince, veinte, veinticinco, treinta, treinta y cinco, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta… Oh, por favor, llama. Por favor.

Esta es la última vez que voy a mirar el reloj. No voy a mirar de nuevo. Son las siete y diez. Dijo que llamaría a las cinco. “Te llamaré a las cinco, cariño.” Creo que fue en ese momento que dijo: “cariño”. Estoy casi segura de que fue en ese momento. Sé que me llamó “cariño” dos veces, y la otra fue cuando me dijo adiós. “Adiós, cariño.”

Estaba ocupado, y no puede hablar mucho en la oficina, pero me llamó “cariño” dos veces. Mi llamada no puede haberlo molestado. Sé que no debemos llamarlos muchas veces; sé que no les gusta.
Cuando lo haces ellos saben que estás pensando en ellos y que los quieres, y hace que te odien. Pero yo no había hablado con él en tres días, tres días.
Y todo lo que hice fue preguntarle cómo estaba, justo como cualquiera puede llamar y preguntarle.
No puede haberle molestado eso.
No podía haber pensado que lo estaba molestando. “No, por supuesto que no”, dijo.
Y dijo que me llamaría. Él no tenía que decir eso. No se lo pedí, en verdad no lo hice.
Estoy segura de que no lo hice. No creo que él prometa llamarme y luego nunca lo haga. Por favor, no le permitas hacer eso, Dios. Por favor, no.

“Te llamaré a las cinco, cariño.” “Adiós, cariño.” Estaba ocupado, y tenía prisa, y había gente a su alrededor, pero me llamó “cariño” dos veces.
Eso es mío, mío. Tengo eso, aunque nunca lo vea de nuevo.
Oh, pero es tan poco. No es suficiente. Nada es suficiente si no lo vuelvo a ver.

Por favor, déjame volver a verlo, Dios. Por favor, lo quiero tanto. Lo quiero mucho. Voy a ser buena, Dios. Voy a tratar de ser mejor persona, lo haré, si me dejas verlo de nuevo. Si lo dejas que me llame. Oh, deja que me llame ahora.

Ah, no desprecies mi oración, Dios. Tú te sientas ahí, tan blanco y anciano, con todos los ángeles alrededor y las estrellas deslizándose en tu entorno.
Y yo te vengo implorando por una llamada telefónica. Ah, no te rías, Dios. Verás, tú no sabes cómo se siente.
Estás tan seguro, allí en tu trono, con el gran azul remoloneando debajo de ti.
Nada puede tocarte, nadie puede torcer tu corazón en su mano. Esto es sufrimiento, Dios, esto es sufrimiento malo, malo. ¿No me ayudarás? Por el amor de tu Hijo, ayúdame. Dijiste que harías lo que se te pidiera en su nombre.
Oh, Dios, en el nombre de tu único y amado Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, que me llame ahora.

Tengo que parar esto. No debo ser así. Veamos.
Supón que un hombre joven dice que va a llamar a una chica, y luego pasa algo y no lo hace. No es tan terrible, ¿verdad? ¿Por qué? Está pasando en todo el mundo en este mismo momento. Oh, ¿qué me importa lo que esté pasando en todo el mundo? ¿Por qué no puede sonar el teléfono? ¿Por qué no puede? ¿Por qué no? ¿No podrías sonar? Vamos, por favor, ¿no? Maldita cosa fea y brillante. ¿Es que te haría daño sonar? Oh, eso te haría daño. ¡Maldita sea! Voy a arrancar tus raíces sucias de la pared y te romperé esa cara negra y engreída en pequeños trozos. Vete al infierno.

No, no, no. Tengo que parar. Tengo que pensar en otra cosa. Esto es lo que voy a hacer. Voy a poner el reloj en la otra habitación.
Entonces no podré verlo. Si quisiera mirarlo, tendría que entrar al dormitorio, y eso sería algo que hacer. Tal vez, antes de que yo lo vea de nuevo, él me llame. Voy a ser tan dulce con él, si me llama. Si dice que no puede verme esta noche, le diré: “No te preocupes, está bien, cariño.
En serio, por supuesto que está bien.” Voy a ser exactamente como era cuando lo conocí. Entonces tal vez le guste de nuevo. Yo era siempre dulce, entonces. Oh, es tan fácil ser dulce con la gente antes de amarla.

Creo que todavía debo gustarle un poco. No me habría llamado “cariño” dos veces hoy si ya no le gustara.
No todo se ha perdido si todavía le gusto un poco, aunque sea solo un poquito.
Verás, Dios, si dejaras que me llamara, no tendría que pedirte nada más. Sería dulce con él, sería alegre, justo del modo en que solía ser, y entonces él me amará otra vez.
Y entonces yo nunca tendría que pedirte nada más. ¿No ves, Dios? Así que, ¿dejarías que me llame ahora? ¿Podrías, por favor, por favor?

¿Me estás castigando, Dios, por haber sido mala? ¿Estás enojado conmigo? Oh, pero, Dios, hay personas tan malas; no puedes castigarme solo a mí.
Y no hice tanto mal, no podía haber sido tanto.
No le hice daño a nadie, Dios. Las cosas solo son malas cuando se lastiman personas.
No herí una sola alma, tú lo sabes. Tú sabes que no hice mal, ¿no, Dios? Así que, ¿dejarás que me llame ahora?

Si no me llama, voy a saber que Dios está enojado conmigo.
Voy a contar a quinientos de cinco en cinco, y si no me ha llamado entonces, sabré que Dios no va a ayudarme nunca más.
Esa será la señal. Cinco, diez, quince, veinte, veinticinco, treinta, treinta y cinco, cuarenta, cuarenta y cinco, cincuenta, cincuenta y cinco… Hice mal. Yo sabía que hacía mal. Muy bien, Dios, mándame al infierno.
Crees que me asustas con tu infierno, ¿no? Eso piensas. Que tu infierno es peor que el mío.

No debo. No debo hacer esto. Supón que se le hizo tarde para llamarme; no hay que ponerse histérica.
Tal vez no va a llamar; tal vez ya viene para acá sin llamar por teléfono.
Se desconcertará si ve que he estado llorando.
No les gusta que llores. No llores.
Pido a Dios que pudiera hacerlo llorar. Me gustaría poder hacerlo llorar y rodar por el suelo y sentir su corazón pesado, grande y supurante dentro de él. Me gustaría poder hacerle pasar un infierno.

Él no me desea un infierno a mí. Ni siquiera sé si sabe lo que siento por él. Me gustaría que lo supiera, pero sin yo decirle.
No les gusta que les digas que te han hecho llorar. No les gusta que les digas que eres infeliz por culpa de ellos.
Si lo haces, piensan que eres posesiva y exigente. Y luego te odian.
Te odian cada vez que dices algo que realmente piensas. Siempre tienes que seguir con los jueguitos.

Oh, pensé que no era necesario, yo pensaba que esto era tan grande que podía decir lo que quería.
Supongo que no se puede, nunca. Supongo que no hay nada lo suficientemente grande como para eso, jamás. ¡Oh, si él me llamara, no le diría que había estado triste por su culpa! Odian a la gente triste.
Sería tan dulce y alegre que no podría evitar encariñarse conmigo. Si tan solo me llamara. Si tan solo me llamara.

Tal vez eso está haciendo. Tal vez viene para acá sin llamarme.
Tal vez está en camino. Quizá le ocurrió algo.
No, nada puede pasarle a él. No puedo siquiera imaginar tal cosa. Nunca me lo imagino atropellado.
Nunca lo he visto tirado, quieto y largo y muerto. Me gustaría que estuviera muerto.
Es un deseo terrible. Es un deseo encantador. Si estuviera muerto sería mío. Si estuviera muerto nunca pensaría en hoy y estas últimas semanas.
Solo recordaría los tiempos espléndidos. Todo sería hermoso. Me gustaría que estuviera muerto. Me gustaría que estuviera muerto, muerto, muerto.

Qué tontería. Es una tontería ir por ahí deseando que personas mueran, tan solo porque no te llamaron a la hora que dijeron.
Tal vez el reloj se adelantó, no sé si tiene la hora correcta.
Quizá su tardanza no es real. Cualquier cosa podría haberlo retrasado un poco.
Tal vez tuvo que quedarse en la oficina. Tal vez fue a su casa, para llamarme desde ahí, y alguien lo visitó.
No le gusta llamarme delante de la gente. Tal vez está preocupado, aunque sea un poco, de tenerme esperando.
Puede que incluso espere que yo lo llame. Yo podría hacer eso. Podría llamarlo.

No debo. No debo, no debo. Oh, Dios, por favor, no me dejes hacerlo.
Por favor, prevén que me atreva.
Yo sé, Dios, tan bien como tú, que si se preocupara por mí habría llamado sin importar dónde esté ni cuánta gente tiene alrededor.
Por favor hazme saberlo, Dios. No te pido que me lo hagas fácil ni me ayudes; no puedes hacerlo, aunque pudiste crear un mundo entero.
Solo hazme saberlo, Dios. No me dejes seguir con esperanzas. No quiero seguir reconfortándome. Por favor, no dejes que me llene de esperanzas, querido Dios. No, por favor.

No voy a llamarlo. Nunca lo llamaré de nuevo mientras viva.
Puede pudrirse en el infierno antes de que lo llame. No hace falta que me des fuerza, Dios, ya la tengo.
Si él me quiere, puede tenerme. Él sabe dónde estoy. Él sabe que estoy esperando aquí.
Él está tan seguro de mí, tan seguro. Me pregunto por qué nos odian tan pronto están seguros de una. Pienso que sería tan dulce estar seguro.

Sería tan fácil llamarlo. Entonces sabría todo. Tal vez no sería tan tonto.
Tal vez no le molestaría. Tal vez hasta le gustaría. Tal vez ha estado tratando de llamarme.
A veces la gente trata y trata de llamar a alguien, pero el número no responde.
No estoy diciendo eso para confortarme, eso pasa de verdad. Tú sabes que ocurre de verdad, Dios. Oh, Dios, mantenme lejos de ese teléfono. Mantenme lejos. Permíteme quedarme con un poco de orgullo.
Creo que voy a necesitarlo, Dios. Creo que será lo único que tendré.

Oh, ¿qué importa el orgullo cuando no puedo soportar estar sin hablarle? Este orgullo es tan tonto y miserable.
El verdadero orgullo, el grande, consiste en no tener orgullo. No estoy diciendo eso solo porque quiera llamarlo. No. Eso es verdad, yo sé que es verdad. Voy a ser grande.
Voy a librarme de los orgullos pequeños.

Por favor, Dios, impídeme llamarlo. Por favor, Dios.

No veo qué tiene que ver el orgullo aquí.
Esto es una cosa demasiado pequeña para meter el orgullo, para armar tal alboroto.
Puede que lo haya malinterpretado. Tal vez él me dijo que lo llamara a las cinco. “Llámame a las cinco, cariño.” Él pudo haber dicho eso, perfectamente.
Es muy posible que no haya escuchado bien. “Llámame a las cinco, cariño.” Estoy casi segura de que eso dijo.
Dios, no me dejes decirme estas cosas. Hazme saber, por favor, hazme saber.

Voy a pensar en otra cosa. Voy a sentarme en silencio. Si pudiera quedarme quieta. Si pudiera quedarme quieta.
Tal vez pueda leer. Oh, todos los libros son acerca de personas que se aman verdadera y dulcemente. ¿Qué ganan escribiendo eso? ¿No saben que no es verdad? ¿Acaso no saben que es una mentira, una maldita mentira? ¿Por qué deben escribir esas cosas, si saben cómo duele? Malditos sean, malditos, malditos.

No lo haré. Voy a estar tranquila.
Esto no es nada para alterarse. Mira. Supón que fuera alguien que no conozco muy bien. Supón que fuera otra chica.
Entonces marcaría el teléfono y diría: “Bueno, por amor de Dios, ¿qué te ha pasado?” Eso haría, sin pensarlo apenas. ¿No puedo ser casual y natural solo porque lo amo? Puedo serlo. Honestamente, puedo serlo. Lo llamaré, y seré tan ligera y agradable. A ver si no lo haré, Dios. Oh, no dejes que lo llame. No, no, no.

Dios, ¿realmente no vas a dejar que llame? ¿Seguro, Dios? ¿No podrías, por favor, ceder? ¿No? Ni siquiera te pido que dejes que llame ahora, Dios, solo que lo haga dentro de un rato.
Voy a contar quinientos de cinco en cinco. Voy a hacerlo despacio y con parsimonia. Si no ha telefoneado entonces, lo llamaré. Lo haré. Oh, por favor, querido Dios, querido Dios misericordioso, mi Padre bienaventurado en el cielo, ¡que llame antes de entonces! Por favor, Dios. Por favor.

Cinco, diez, quince, veinte, veinticinco, treinta, treinta y cinco…

El ladrillo boomerang de Jorge bucay

“Había una vez un hombre que iba por el mundo con un ladrillo en la mano. Había decidido que cada vez que alguien le molestara hasta hacerle rabiar, le daría un ladrillazo. El método era un poco troglodita, pero parecía efectivo, ¿no?

Sucedió que se cruzó con un amigo muy prepotente que le habló con malos modos. Fiel a su decisión, el hombre agarró el ladrillo y se lo tiró.
No recuerdo si le alcanzó o no.
Pero el caso es que después, tener que ir a buscar el ladrillo le pareció incómodo.

Decidió entonces mejorar el “Sistema de Autopreservación del Ladrillo”, como él lo llamaba.
Ató el ladrillo a un cordel de un metro y salió a la calle.
Esto permitía que el ladrillo nunca se alejara demasiado, pero pronto comprobó que el nuevo método también tenía sus problemas: por un lado, la persona destinataria de su hostilidad tenía que estar a menos de un metro y, por otro, después de arrojar el ladrillo tenía que tomarse el trabajo de recoger el hilo que, además, muchas veces se liaba y enredaba, con la consiguiente incomodidad.

Entonces el hombre inventó el “Sistema Ladrillo III”.
El protagonista seguía siendo el mismo ladrillo pero, este sistema, en lugar de un cordel llevaba un resorte.
Ahora el ladrillo podía lanzarse una y otra vez y regresaría solo, pensó el hombre.

Al salir a la calle y recibir la primera agresión, tiró el ladrillo. Erró, y no pegó en su objetivo porque, al actuar el resorte, el ladrillo regresó y fue a dar justo en la cabeza del hombre.
Lo volvió a intentar, y se dio un segundo ladrillazo por medir mal la distancia.
El tercero, por arrojar el ladrillo a destiempo.
El cuarto fue muy particular porque, tras decidir dar un ladrillazo a una víctima, quiso protegerla al mismo tiempo de su agresión, y el ladrillo fue a dar de nuevo en su cabeza.

El chichón que se hizo era enorme…
Nunca se supo por qué no llegó a pegar jamás un ladrillazo a nadie: si por los golpes recibidos o por alguna deformación de su ánimo.
Todos los golpes fueron siempre para él mismo”.

La cruz que todos debemos llevar

Había una vez un hombre que no quería cargar con su cruz. Todo el tiempo se quejaba de ella y afirmaba que era la peor cruz que existía.
Un día se encontró con Dios, quien muy preocupado, le preguntó qué le pasaba.
Tras quejarse ante Él de su cruz, Dios le llevó a un monte lleno de cruces de madera de todos los tamaños y formas: con nudos, lisas, grandes, astilladas, pulidas… ¡de todo tipo!
Y allí le dijo: Ya que no quieres seguir cargando con tu cruz, te he traído aquí para que elijas entre todas estas cruces la que más te guste para cargarla en tus hombros.

El hombre, encantado con la idea, soltó su cruz, caminó hacia el resto de las cruces, y comenzó a probarlas todas.
Había muchísimas y no sabía cuál escoger.
Al principio, vio algunas que parecían impecables, pero si se fijaba descubría algún muñón o astilla que se le hincaban al caminar, otras las veía muy pesadas… y tras mucho tiempo probando todas las cruces, encontró una de tamaño medio, muy bien pulida.

Pensó que si llevaba ésa le iba a pesar muy poco, mucho menos que la que había llevado hasta entonces.
De modo que le dijo al Señor que quería llevarse aquella.
Entonces, el Señor le volvió a preguntar si estaba seguro de querer esa cruz, a lo que el hombre asintió.
El hombre estaba muy contento con su nueva cruz.

Pasado un rato, Dios se dirigió al hombre y le dijo: Da la vuelta a tu cruz y mira en la etiqueta a quien pertenece.
El hombre, asombrado, vio que ponía su nombre.
Entonces, Dios le explicó que había escogido la misma cruz que había llevado siempre, pero que, comparada con las que había en el monte, era la más ligera y, teniendo a Dios, la más fácil de llevar.

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