La Iglesia, frente al coronavirus

José Manuel Vidal , Jesús Bastante

Siete propuestas concretas para una institución samaritana y que da trigo

La Iglesia, frente al coronavirus: siete propuestas concretas para una institución samaritana y que da trigo
La Iglesia, frente al coronavirus: siete propuestas concretas para una institución samaritana y que da trigo

Francisco sabe que, en este mundo sacudido por la pandemia, la Iglesia tiene que ser más que nunca ‘hospital de campaña’ y actuar institucionalmente con caridad concreta

Una catástrofe como ésta puede ser, por una parte, un kairós para la Iglesia y, por la otra, una oportunidad única, un agente pastoral extraordinario

La Iglesia tiene que ser más que nunca ‘hospital de campaña’ y actuar institucionalmente con caridad concreta

Presencia constante en tanatorios y cementerios, para atender debidamente (dentro o fuera de los recintos) a la gente que pida un responso, una oración antes de enterrar a sus seres queridos

La Iglesia católica es, junto al Estado, la institución más capilar y más encarnada en la realidad mundial. Por eso, los obispos y los curas, que comparten la vida del pueblo, sufren con ellos, consuelan lo que pueden y están lanzando todo tipo, de medidas, muchas veces inconexas, desperdigadas, sin un plan global y sin demasiado discernimiento. Con buena voluntad, pero sin eficacia y sin repercusión pública. Quizás fruto de la inédita situación que estamos viviendo.

Es evidente, asimismo, que el Papa Francisco está preocupado por la actitud que debe imprimir a la institución eclesial. Por un lado, cierra el Vaticano y se recluye como cualquier ciudadano y, por el otro, sale a la calle y visita al Cristo de la Peste y a la Virgen de la Salud, para contagiar esperanza. Por un lado, apoya las decisiones de las autoridades y, por otro, dice a sus curas que no se encierren, que salgan a las calles a acompañar y consolar a la gente.

En efecto, el Papa alienta la cuarentena por un lado y, por el otro, quiere y pide valentía a sus obispos, curas, frailes y monjas. “Quisiera agradecer la creatividad de los sacerdotes (…) Curas que piensan en mil formas de estar cerca del pueblo para que no se sienta abandonado”, dijo recientemente. Y añadió que, a su juicio, los clérigos tienen que estar consumidos “por el celo apostólico”, porque “en tiempos de pandemia no pueden ser Don Abundio”, un sacerdote sin vocación, vil y cobarde, en alusión al personaje del libro de Alessandro Manzoni ‘I promessi sposi’.

Francisco, en una Vía del Corso  completamente vacía
Francisco, en una Vía del Corso completamente vacía

Francisco sabe que, en este mundo sacudido por la pandemia, la Iglesia tiene que ser más que nunca ‘hospital de campaña’ y actuar institucionalmente con caridad concreta. Predicar, sí. Mensajes, sí. Tañir las campanas, sí, pero siempre que las palabras y los gestos simbólicos vayan acompañados de otros reales.

En medio del flagelo del coronavirus, la Iglesia tiene que volver a ser la buena samaritana, que se para ante el enfermo, lo recoge, lo lleva al hospital, paga su curación y vuelve para seguir acompañándolo.

Porque la Iglesia se juega su credibilidad social, quizás de manera definitiva. Todas las encuestas en confianza social sitúan a la institución eclesial en los últimos puestos, junto a los políticos. Una catástrofe como ésta puede ser, por una parte, un kairós para la Iglesia y, por la otra, una oportunidad única, un agente pastoral extraordinario.

Con dos objetivos. El primero, ser buenos samaritanos, que es a lo que nos obliga el ser seguidores del Nazareno. Y el segundo, que todo el mundo se entere que hay muchos católicos, curas, frailes, monjas y obispos, dispuestos a jugarse la vida por los demás. Como los sanitarios. Ni más ni menos. Sólo que ellos quieren ser ‘sanitarios del alma’, para acompañar, consolar y transmitir esperanza, eso que tanta falta hace.

Iglesia y coronavirus
Iglesia y coronavirus

Para lograr este doble objetivo, la Iglesia católica tiene que romper el techo de cristal de los grandes medios de comunicación, que sólo le prestan atención cuando hace algo mal (pederastia, dineros, privilegios), como por otra parte es lógico en la dinámica mediática.

Desde nuestra atalaya mediático-pastoral privilegiada, nos atrevemos a sugerir a la institución una serie de medidas que podrían conducirla a ser realmente samaritana y, además, a que la gente se entere y valore lo que está haciendo. No para agradecérselo, sino para valorarlo en su debida medida. No se confía en quien no se cree ni se ama. Perdamos el prurito de la falsa modestia y de aquel pasaje evangélico mal entendido de que “tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda”. La gente sólo se volverá a acercar a la institución si confía en ella.

Las propuestas que ofrecemos son indicativas. Pueden ser ésta u otras parecidas o diferentes. Pero que sean algunas y que la institución se mueva, porque tiende a quedarse en tablas y no arriesgar. Tratamos de que sean concretas, factibles y realizables. Eso sí, tienen que ser globales y lanzadas desde la Conferencia episcopal, para evitar los reinos de taifas de las diócesis y generar impacto a través de los medios.

Las propuestas

1/ Poner de inmediato a disposición del Gobierno colegios, conventos, seminarios, casas de acogida, casas de ejercicios, casas rectorales, residencias de verano, colegios mayores…

2/ Convertir a curas, monjas, frailes y laicos que quieran en ‘sanitarios del alma’, que estén disponibles en sus pueblos y barrios a acudir a las llamadas de gente que solicita su presencia, para charlar un rato, para romper la soledad, para hablar de sus problemas, para pedir ayuda, para pedir la comunión o la confesión…

Los ‘sanitarios del alma’ o ‘visitadores de enfermos’ tendrían que ir debidamente identificados y uniformados, para no coger ni transmitir el coronavirus. Para no ser gravosos al Estado, los uniformes los confeccionaría y pagaría la propia Iglesia, que podría poner sus conventos de monjes y monjas a fabricar las ropas necesarias para esos menesteres.

3/ Teléfonos de atención las 24 horas en todas y cada una de las parroquias, conventos y colegios religiosos, para escuchar y/o ayudar en lo que se pueda, asi como ofrecer consuelo espiritual o acompañar (presencialmente o en la distancia) a los que están en cuarentena.

4/ Una gran colecta ‘on line’: Que la Conferencia Episcopal ponga todos los ‘talentos’ de la campaña Xtantos, así como los de otras instituciones que trabajan con ella, como el proyecto DONE, del Banco Sabadell, con casi medio millar de lampadarios, huchas solidarias y atriles, para hacer una gran recogida de fondos para ponerlos a disposición de la lucha contra el coronavirus. Tal vez la Semana Santa sea el mejor momento para hacerlo.
Nota del editor: “Quizás lo mas oportuno y rápido sería hacer uso del dinero del que dispone la iglesia en sus bancos para ponerlo a disposición de la sanidad de los países afectados”

5/ Construir un gran ‘ejército de la solidaridad’: coordinar todos los servicios de Cáritas, Manos Unidas, Entreculturas, Misiones Salesianas, Confer, Mensajeros de la Paz y todas las ONG y proyectos solidarios de la Iglesia de ayuda a los demás. Hacer un ‘mapa’ on line de comedores, albergues, voluntarios, capellanes de hospitales, con teléfonos y webs de contactos, para ayudar a los que necesitan que se les haga la compra, están en la calle o sufren, ahora más que nunca, la ‘cultura del descarte’

Sueño con una Iglesia

6/ Presencia constante en tanatorios y cementerios, para atender debidamente (dentro o fuera de los recintos) a la gente que pida un responso, una oración antes de enterrar a sus seres queridos. Esa presencia, si es cercana, tierna y humilde, no se olvida. Y menos en las actuales circunstancias, obligados a enterrar a toda prisa y sin apenas presencia de vecinos, amigos y familiares.

7/ En aquellos lugares donde no hay presencia de sacerdote, pero sí de fieles debidamente preparados, una ‘dispensa’ para que pudieran repartir la comunión en hospitales y en las familias, hoy más que nunca pequeñas ‘iglesias domésticas’.

Sueño con una Iglesia
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